ABNEGADA MAESTRA

Composición escolar en homenaje a las distinguidas damas del cuerpo docente.

“Para Martín y Nicolás”.

La prima Denisse empezó a venir a almorzar con nosotros los días en que debía volver a clases por la tarde. Nuestra casa estaba más cerca que la suya del lugar donde se mudó la facultad en que ese año se recibiría de maestra. Eran ocasiones en que con mi hermano Joaquín no probábamos lo que nos servían y en que nos disputábamos por atenderla como si se tratase de nuestra princesa, o más bien de nuestra reina pues Denisse debía ser unos cuatro años mayor que nosotros, mellizos que veníamos recién saliendo del colegio.

Joaquín le acomodaba los dedos al teclado para enseñarle los estudios de los métodos “Mi amigo el piano” y “El pianista virtuoso”, alguna canción de Los Beatles o el tango “Malena”, que ya lo sabíamos, era el favorito de Denisse. Por mi parte pretendía parecerle intelectual y me esmeraba comentándole artículos literarios, los estrenos de cine y teatro, o las actualidades más sesudas que descubría en los periódicos. Después de fumar un par de cigarrillos haciendo sobremesa y de repetitivamente contarle a mi madre de sus estudios y de su novio, un tipo talentoso profesor suyo de lenguas muertas, volvía a sus clases Denisse dejándonos desolados a causa de la necesidad que ya teníamos de sus ojos de mar y su apariencia de paloma. Nuestra prima era ejemplo de prudencia y compostura, creía sin embargo, adivinar en ella un asomo de maldad cuando nos hacía palidecer hipnotizados por sus piernas descubiertas de manera fugaz entre las mil vueltas que suelen darse las mujeres hermosas.

Una tarde en que vino calzando un par de zapatos rojos de charol y que por algún motivo se quedó después de almuerzo más tiempo del que acostumbraba, la convidé para mostrarle al fondo del patio los cachorros que había parido nuestra perra Estefanía. Cuando se puso en cuclillas para verlos, tomé cauto pero firme uno de sus senos que yo ya estaba amando. Ella exclamó –¡suéltame! ¿Qué te has creído? ¿Quién te crees que soy?

Le respondí emulando pobremente a Humphrey Bogart –¿juegas conmigo acaso? Me quedé después mirándola a los ojos intentando aparentar una confianza que desde luego estaba lejos de sentir, y Denisse, percibiendo mi determinación así como mi ingreso en alguna forma extraña de trance, me rogó susurrando –mejor suéltame que pueden vernos.

La solté porque entendí en su ruego alguna complicidad que para mi fortuna se concretó más adelante, cuando aceptó las invitaciones que me atreví a hacerle a fin de que pudiera conocer la higuera, el desván, el garaje, el lavadero y la despensa. No mi dormitorio, pues allí repetía Denisse que podían vernos.

Así fue que comenzó a darse la paradoja de esos almuerzos bajo el parrón en que Denisse, sobre la mesa, conservaba para nuestra madre su imagen bien ganada de prudencia, aunque mis manos furtivas se fueron convirtiendo por debajo en esclavas de esa parte peligrosa que venía después del borde de sus medias.

Entrando el verano, un día en que me demoré en llegar y pasé directo por los patios, vi que Joaquín parecía mostrarle la pareja nueva de canarios pero en realidad el traidor la estaba tomando uno de esos senos que yo ya amaba intensamente. Pensé en caer sobre él para darle su merecido así se enterara mi madre, los vecinos o la familia completa. Me contuve sin embargo porque alcancé a escuchar que la muy zorra le decía –mejor suéltame que pueden vernos.

Con la angustia atragantándome, tuve que disimular y escaparme a hurtadillas, es que no habría soportado la vergüenza de que me hubieran descubierto espiándolos. Después, cuando conseguí calmarme, me hice el propósito de ser siempre el primero que estaría en la casa esperándola, lloviera o tronara. Desgraciadamente durante el almuerzo, mientras Joaquín saboreaba secretamente su victoria, Denisse nos comentó que al día siguiente terminarían sus clases y sería la última oportunidad en que vendría a “importunarnos”. Agregó también cerrando un ojo que nos traería una sorpresa.

Ni Joaquín ni yo quisimos salir de la casa esa mañana, no lo hubiéramos hecho ni por incendios ni terremotos. Se había terminado el amor fraternal, nos mirábamos como los peores enemigos.

A punto de increparlo para hacerle ver que había sido yo el primero en mostrarle los patios y que nadie podía disputarme mi derecho bien ganado, sonó el timbre que la anunciaba, la venía acompañando ese profesor del que nos hablaba tanto. Aunque con Joaquín no lo creyéramos, nuestra prima lo presentó con la mirada luminosa de las mujeres enamoradas. A pesar de eso nos peleamos por sentarnos a su lado en la mesa, pero ella nos evitó sutil. Se sentó entre el extraño y nuestra madre, desde allí la canalla nos anunció su casamiento. Sería al día siguiente de su graduación, es decir, en una semana y algo más. Desde luego estábamos todos invitados.

Pude soportar que le contara a mi madre los detalles del pequeño departamento donde vivirían y que su novio se había preocupado de adquirir desde mucho antes que fijaran la fecha de la boda. Soporté incluso la descripción que hizo del vestido que usaría para casarse, la lista de invitados, el lugar de la luna de miel y todas esas banalidades que fascinan tanto a las mujeres. Sin embargo cuando su novio que sabía tantas cosas nos comenzó a disertar sobre la importancia de la puntualidad, el orden y el cumplimiento de compromisos, e insistió después en explicarnos el origen de las palabras “homo”, “lex”, “ordo”, “ortus” y “kalendas”, me ingenié para dar un “interruptus” y con Joaquín nos levantamos para desaparecer del comedor sin hacer caso a las formalidades con que mi madre había puesto la mesa. Obviamente no invitamos al novio a fumar ni a jugar a las cartas, pues para ser franco, en vez del “interruptus” que le di habría preferido directamente asesinarlo.

Al comienzo del otoño, Denisse, convertida ya en señora y en abnegada maestra, empezó a venir a almorzar de nuevo con nosotros. Por coincidencia la habían contratado como profesora en una escuela a dos cuadras de nuestra casa. Ese primer día en que traía una manzana roja y brillante, el primer obsequio de sus alumnos supongo, notando que se quedaba más tiempo del que parecía necesario decidí convidarla al fondo del huerto para mostrarle la higuera que a esa altura ya estaba totalmente cargada. Ella me pasó su manzana mientras en cuclillas comenzaba a recoger de los higos que había tirados por el suelo. Advertí entonces sus zapatos rojos de aquella primera vez y enloquecido la agarré del pelo por la nuca hacia atrás. Denisse con la cabeza así forzada, haciendo como si no le doliera, me dijo con todo desparpajo –¿celos? ¿De mi marido? ¿De Joaquín?

Quise golpearla, maldecirla, tratarla de zorra, de perdida, pero no conseguí que me saliera insulto alguno, se me puso seca la garganta. A punto de asestarle un golpe a mano abierta, un impulso que no pude controlar me obligó a soltarla y a tomarla de esos senos que me habían hecho tanta falta.

Y así de nuevo, como en el trance de la primera vez, casi junto a su mejilla respondí por fin tembloroso –de tu marido.

–Tontuelo –replicó, y mientras comenzaba a besarla susurró –vámonos mejor al desván que aquí pueden vernos.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Abnegada maestra”, aparece en los libros "Tranvía equivocado" (M.Faunes, Cuarto Propio, 1993) y en "Un lápiz de pasta marca BIC, y otras aventuras subterráneas"(M.Faunes, Cuarto Propio, 2013).
Este cuento fue convertido en guión de cine por el dramaturgo y cineasta Pablo De Carolis Yori.


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