Academia

“Los mujeriegos, esos grandes hombres que con sus pañuelos llenos de rouge van por los caminos”. José Ángel Cuevas
“En la monogamia, junto al marido que goza con el heterismo, además del drama de la mujer abandonada, surgen dos figuras inevitables, el amante de la mujer y el marido cornudo”. F. Engels, El origen de la familia, la propiedad y el estado.

Parece increíble que ya tenga mi pareja. No crean que fue fácil, nadie más ajeno que yo a este tipo de cosas. Aclaro que si vine solo fue porque a la mujer de mi padre le gusta bailar y porfiaba: “será lo mejor para que este muchacho se cure de sus ansias”. Eso decía e insistió con tanta fuerza que mi padre se quedó mirándome con su cara de no hay remedio y tuve que aceptar. Ella además había pagando un mes de adelanto al profesor por mis clases.

Vine entonces a este club frente a la plaza y me encuentro así con siete muchachos empaquetados en sus trajes, que intentan seguir los pasos como se los enseña el maestro de baile ayudado por su esposa, profesora de baile también, una mujer de ésas que no se prestan para bromas, se le nota. Siete muchachos empaquetados en trajes domingueros y yo entre ellos debí parecer un empaquetado más. Aunque a las niñas las veía diferentes, me ignoraban cierto, sin embargo bien valía la pena esperar a que el profesor le pidiera a alguna que bailara conmigo, que no era conocido del colegio ni del club, tampoco de la playa ni de nada, porque entonces yo que era nada tenía la posibilidad de sentir sus cinturas y sus manos e incluso de rozarles sus mejillas. Y cuando ninguna me aceptaba de pareja me debía conformar bailando con la profesora, que sigue los pasos tomada de mi hombro como si yo no existiera. Es que parece solo preocupada de lo que hace su marido. De lo que dice o de lo que hace pero sobre todo de por dónde lleva las manos.

Pero “ya tengo mi pareja”, les decía: una niña a la que escuché por el pasillo contando entusiasmada que le gustaba el nuevo. Cierto que las otras muchachas, sobre todo una que parecía su hermana, la animaban en mi contra: “no seas tonta”. “¿Pero por qué tonta…?”, les porfiaba ella. Dejé pasar un par de piezas para que no se diera cuenta de que la había escuchado y entonces la saqué bailar. No me importó lo que estuvieran tocando. Ella se hizo de rogar para aceptarme pero yo insistí soportando la vergüenza. Es que ésa que parecía su hermana se reía y se reía, y también se reían sus amigas, y si insistí fue porque ya no podía permitir la vergüenza de que el profesor tuviera que continuar rogándolas para que bailaran conmigo. Confieso además que la niña me gustaba así que aguanté de pie en frente suyo hasta que accedió, después parecía muy contenta, ni siquiera se molestaba por las equivocaciones que yo cometía. Eran muchas. Cuando paró la música quise decirle al oído si podía convidarla en alguna otra pieza pero solo “gracias” pude murmurar cuando la dejé frente a su asiento y un ojito que cerró y abrió me hizo arder la cara de vergüenza.

“Ya tengo mi pareja”, me dije entonces, aunque a la pieza siguiente no quise convidarla, no porque no quisiera sino porque se me ocurrió que sería bueno dejar pasar una o dos piezas y así no mostrarme entregado de comienzo. Disimularía mientras tanto invitando a ésa que parecía su hermana, una de las que cuando baila con el maestro hace que la profesora se ponga tensa. Lo sé porque cuando eso pasa, su cintura se endurece y su aliento congelado golpea por mi rostro.

No era mala la idea de sacar a bailar a la hermana pues así me haría amigo suyo y quizá así ella ya no continuaría burlándose de mí ni poniendo a mi pareja en mi contra. Aprovecharía de pedírselo en algún momento de ésos en que el profesor la deja sola en la pista para dar indicaciones: “que cuando sientan el impulso de la mano del hombre en la cintura echen la pierna lo más atrás posible para que se vea bonita, es la mujer la que debe lucirse en el tango”. Genial: si me rechazaba, con todos pendientes en las instrucciones del profesor, nadie iba a darse cuenta de ese posible fracaso mío y no tendría de qué avergonzarme.

Claro que en ese entrebaile no hubo indicaciones, en vez de eso el profesor tuvo que salir con su mujer, que se lo llevó a discutir al pasillo. Desde lejos los veíamos gesticular, era evidente que se estaban insultando. Y aunque pueda parecer extraño eso era bueno para mí, porque con todos husmeando en la disputa de los maestros, se presentaba aún mejor la oportunidad para invitar a la pista a la hermana burlona sin que se notara si llegara a rechazarme. No alcancé sin embargo a hacer siquiera amago de invitarla porque cuando ya me animaba el profesor se perdió por el portón del fondo y la maestra entró de vuelta y me pidió que bailáramos. Cualquiera podía darse cuenta de que venía aguantando lágrimas.

Apenas la tomé por la cintura susurró a mi oído –los hombres son todos unos canallas –y empezó a apretarse contra mí tal como lo hace cuando baila con sus amigos la mujer de mi padre.

–Nunca le digas a una mujer que la amas si no la amas –siguió diciendo mientras se apretaba y apretaba y yo por poco me quedaba sin aliento. Continuó después susurrando cosas así por el estilo mientras yo sentía que algo en mí se estaba reventando. Empezó entonces mi turno de apretar y mientras ella repetía en voz baja que no fuera tan ansioso y que podían darse cuenta, alcancé a ver entre sus cabellos que la niña que es mi pareja nos estaba observando. En sus ojos se adivinaba un asomo de llovizna.

Y lloviznaba en La Serena cuando a pesar de la tristeza de la niña me atreví a salir con la maestra por calle Cordovez para seguir después por la bajada de Matta. Pero ya ven cómo ese día ocurrieron cosas sorprendentes: al llegar a su casa alcanzamos a ver a su marido, el profesor de baile. Se iba hacia la esquina cargando una maleta. Aunque trató de ocultarlo pude ver también que en su auto lo esperaba, nada menos, la mujer de mi padre. Yo ya sospechaba algo como eso. Paradoja triste la nuestra: mi padre debería aprender a vivir como un perdedor mientras yo me convertía en un canalla. Y aquí estoy, pájaro pardo humedecido con la maestra de baile que me enseña a oler, a degustar y a oler más y a degustar mejor, y con su voz entrecortada me repite qué debo hacer y qué no debo, pidiéndome a cada instante que tenga calma y ya no sea tan ansioso. Me pregunto por mi parte cómo no serlo con todo mi orgullo quemándose en su boca.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Academia”, fue incluido en el suplemento "Lecturas de verano" del desaparecido diario La Nación. Este cuento aparece además en los libros "Tranvía equivocado" (M.Faunes, Cuarto Propio, 1993) y en "Un lápiz de pasta marca BIC, y otras aventuras subterráneas"(M.Faunes, Cuarto Propio, 2013).


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