ADOPCIONES LEGALES E ILEGALES, EL FACTOR RACIAL, SOCIAL Y ÉTICO

En una conversación informal sostenida hace unos quince años, Estela Barnes de Carlotto, Presidenta de la agrupación argentina “Abuelas de la Plaza de Mayo”, intentando entender el porqué del robo de parte de los organismos represores argentinos de los hijos de mujeres detenidas, sostuvo “porque los procedimientos de adopción en nuestro país eran muy serios y rígidos, porque nuestros hijos eran universitarios o profesionales, y porque mayoritariamente eran del genotipo caucásico, que es el que ellos al parecer preferían" .

Se podría desprender de esta declaración que los jerarcas de la represión en Argentina, Jorge Rafael Videla entre otros quien ha sido condenado a prisión perpetua , vieron la posibilidad de favorecerse o favorecer a familias pudientes que no pudieran tener hijos y les fuera dificultoso adoptarlos, con un trámite rápido que además los aseguraba hermosos, esto, según el genotipo estéticamente deseado (caucásicos). Además, como provenían de padres universitarios ello ofrecía una gran posibilidad de que se tratara de niños inteligentes. Cabe señalar que en los dichos de Estela no se revelan tintes racistas, la intencionalidad de lo que ella expresa asigna ese tono a los secuestradores. Se configura de esta manera algo que se podría denominar “Tráfico de bebés caucásicos e inteligentes en las mazmorras de la dictadura argentina”.

La problemática no es nueva, se ha repetido en diferentes épocas y en diferentes sociedades. Conocimos hace poco el premiado film inglés “Philomena”, realizado en base a una investigación del periodista Martin Sixmith de la cadena británica BBC que, con cuatro nominaciones a los Oscar nos mostró una situación ocurrida en Irlanda tras la segunda guerra mundial que se mantuvo al menos hasta la mitad de los setenta, cuyo tema central bien podría definirse como “Tráfico de bebés en los conventos de Irlanda”. En efecto, monjas se hacían cargo de jóvenes embarazadas de origen humilde y poca educación, y las cuidaban hasta que el bebé naciera para entonces “darlos en adopción”.

La situación Argentina descrita por Estela Barnes de Carlotto difiere de lo mostrado en “Philomena” en que en Irlanda no había mayores impedimentos legales para adoptar, ni siquiera para lucrar con las adopciones, de hecho entre los diálogos del film se escucha a un aldeano irlandés diciendo “todos por aquí sabíamos que las monjas cobraban 1.000 libras esterlinas por bebé, por eso sólo norteamericanos millonarios podían venir a comprarlos”. En el caso mostrado en la película el bebé había sido vendido junto a otra nenita arrebatada también a su madre, a una pareja adinerada de Missouri (EEUU). Difieren también en que en Irlanda no había preocupación por el genotipo porque allá pobres y ricos son caucásicos y aún más: anglosajones. Todo era más fácil entonces, además en esos conventos las futuras madres sabían que sus hijos podían ser vendidos pero no tenían cómo oponerse. Cabe señalar que el trato que esas monjas les daban era cercano a la esclavitud, debiendo trabajar en el lavadero del convento para pagar la deuda que habría generado su mantenimiento mientras permanecían como internas embarazadas. Tenían incluso que permanecer viviendo bajo ese estado servil por tiempo indefinido después de haber “entregado” a su hijo hasta que su deuda las monjas consideraran suficientemente saldada.

En Argentina eso no era posible. Se trataba de un acto ilegal que involucraba además a mujeres educadas e inteligentes que no permitirían el robo de sus hijos, era necesario por lo tanto hacerlas desaparecer tras el parto, algo que no parecía un impedimento éticamente importante porque al final a quienes harían desaparecer era a "madres de comportamiento indeseable" y los bebés se entregarían a familias "bien conformadas" compuestas mayoritariamente por miembros importantes de las F.F.A.A. o la oligarquía argentina, quienes los criarían bajo la idea del respeto al orden social.

Trayendo esto hasta nuestro país, aquí como en Argentina los procedimientos para adoptar un bebé son también serios y rígidos (y deben serlo), con el “agravante” para los futuros padres adoptivos de no saber cuál es el origen biológico de los niños, que en todo caso, por venir mayoritariamente de hogares modestos hay una gran posibilidad de que sean del genotipo de las personas que son discriminadas por racismo sutil o, peor aún, por el manifiesto. Citamos aquí un anterior artículo publicado en Revista Occidente (Enero/Febrero 2014, El nivel educacional como factor de exclusión o inclusión), donde se aludía a los llamados racismos manifiesto y sutil , ver recuadro (Pettigrew y Meertens, 1995) (1). Prueba de esta necesaria seriedad y rigidez, y también de la ansiedad y la pugna de las familias por adoptar es la constatación reciente de que en nuestro país durante las últimas décadas ha habido adopciones ilegales, con autorización de los padres o al menos de los abuelos, pero también sin ella, afectando a parejas jóvenes inexpertas y a familias pobres de poca educación, para beneficiar a familias pudientes.

La situación descrita posee ribetes bastante diversos. Si hoy, a pesar de que las investigaciones no han llegado aún al fondo porque recién comienzan, cuesta creer que durante nuestra dictadura, en lo que respecta a adopciones ilegales y al tratamiento a las mujeres detenidas embarazadas, el tratamiento dado a ellas y a sus futuros bebés haya sido tan diferentes a lo conocido en Argentina. El estudio que aparece en http://www.derechos.org/nizkor/chile/libros/reinas/ (2), realizado por el Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU) en 1990, documenta el caso de nueve mujeres embarazadas que fueron detenidas en Chile que figuran aún como desaparecidas cuyos bebés se perdieron entre los vericuetos de la historia. Ellas son Cecilia Labrín Saso (asistente social), Jacqueline Drouilly (estudiante de servicio social), Ximena Delard Cabezas (estudiante de economía), Elizabeth Rekas Urra (asistente social), Cecilia Bojanic Abad (secretaria bilingüe), Reinalda Pereira Plaza (tecnólogo médico), Nalvia Rosa Mena Alvarado, Gloria Esther Lagos Nilsson (secretaria bilingüe), y Michelle Margueritte Peña Herreros (estudiante de ingeniería eléctrica), quien al momento de su detención estaba con su período de pre natalidad completo. Hay también evidencias de que Diana Arón Svigilisky (periodista) estaba embarazada cuando fue detenida, sin embargo por alguna razón el estudio del CODEPU no la incluye (3). Es necesario señalar, volviendo a las palabras originales de Estela Barnes, que estas diez mujeres chilenas cumplen bastante bien con el perfil más buscado “porque eran universitarios o profesionales, y porque mayoritariamente eran del genotipo caucásico, que es el que ellos al parecer preferían”. Nótese que entre los apellidos de las mujeres chilenas desaparecidas embarazadas, no aparece ninguno del tipo mapuche, diaguita ni tampoco aimara.

Visto todo esto, estamos ante una problemática de orden ético donde, si ya las adopciones ilegales, autorizadas o no, son insostenibles, el tráfico de bebés no tiene ninguna posibilidad de defensa, peor aún cuando ronda por ahí con fuerza la sombra del racismo “cada oveja con su pareja” (http://diario.latercera.com/2014/06/01/01/contenido/reportajes/25-165786-9-la-generacion-escondida-del-dr-monckeberg.shtml ), es una frase en esencia racista o al menos clasista que el doctor Monckeberg repetía supuestamente para bien de todos cuando asignaba un bebé a una familia, preocupado de que tuviera un color de piel parecido. Pero el fantasma del racismo rondaba también para mal de todos: Marcia Merino -flaca Alejandra- en una entrevista reporta que cuando llegó Diana Arón Svigilisky a Villa Grimaldi estaba herida a bala y sangraba, pero Krassnoff_Martchenko igual la decidió torturar: “salió de la sala de torturas con las manos ensangrentadas gritando ¡además de marxista la conchesumadre es judía! Hay que matarla..."(4)

Tal vez, si algunos de los cuerpos de estas muchachas chilenas, universitarias y profesionales, bellas todas, alguna vez aparecieran, se podría constatar que sus bebés ya no estaban en sus vientres. Es decir, habrían esperado que sus hijos nacieran para asesinarlas. Es lo que creía Gregoria, madre de Michelle Peña Herreros, quién venía de España sobreviviente de la guerra civil y que jamás dejó de buscar a su hija y a su nieto. Según Gregoria el niño debió nacer en la maternidad del Hospital de la Fuerza Aérea donde su hija fue trasladada en los primeros días de julio de 1975 ( http://www.memoriaviva.com/Desaparecidos/D-P/pena_herreros_reinas.htm ). A ella no le cabe duda de que ese niño debe estar en poder de otras personas, situación que se aprecia muy bien en el relato, a continuación escrito por Lorena Sandoval Campos. (5)

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.


ENCUENTRO PENDIENTE(6)
Dedicado a Michelle Peña y a su madre Gregoria
“Yo no sé ni quiero de las razones que dan derecho a matar”, J.M. Cano(7).

Quizás el silencio admite el olvido y traza curvas para encubrir tu muerte, y mi adicción por comer masas dulces y dialogar con tu madre es un afán por invertir lo absurdo. Lo medito, recordando la primera vez que entré a esa pastelería a pedir un empolvado y en el instante en que la señora se acercó a la vitrina, quise el más grande. Ella lo cubrió con una servilleta y al momento de entregármelo me dijo: “Así que le gustan las fábulas de La Fontaine”. A través de sus gruesos cristales la mujer observó el libro que apoyé en el mostrador y sin esperar la respuesta, agregó: “Era el libro preferido de mi hija”. Al terminar su comentario se dio media vuelta, traté de comentarle que era un regalo de mi abuela pero caminó presurosa hacia una puerta casi huyendo de mí, la empujó y entró a la cocina. Sin entender su prisa, tome mi empolvado y mientras salía del local un suave olor a caramelo impregnado en el lugar me sumergió en el manjar de leche de mi infancia: un confite inigualable preparado sobre un fogón del sur por la tía Úrsula.

Absorta en mis recuerdos me olvidé de la mujer y ensimismada caminé al cine recordando el malogrado y único intento de mi tía por enseñarme su oficio. Con su rigor de maestra me mantuvo una tarde revolviendo la leche y agregando azúcar forzándome a horas sin jugar. Mi desgano y falta de interés dio como resultado un manjar “granuliento”. Desde ese día prefiero comer lo que otros elaboran.

Fue el sabor de aquel empolvado que se me adhirió al paladar el que me obliga cada vez que voy al Cine Normandie, a pasar a la pastelería La Goyita para pedir siempre lo mismo. Una tarde encontré el local cerrado y sin degustar ese exquisito dulce entré directo al cine, después en mi casa alargué la noche viendo televisión y haciendo “zaping”. En el canal español descubrí una entrevista que hacían a una mujer que tenía un familiar desaparecido por la dictadura militar de Chile. En un inicio el documental no me sedujo pero víctima del cansancio y de los mordiscos del gato que arruinaron el control remoto me detuve en la historia. El camarógrafo puso en primer plano el rostro de la mujer que me pareció conocida, por eso hice esfuerzos por recordar quién era. Al mascar una galleta reconocí a la señora de la pastelería. La mujer con voz apacible fue revelando el éxodo de su vida. Resultó ser una emigrante española: “En pleno invierno a los nueve años, huyendo del franquismo debimos atravesar los Pirineos, mi familia defendió la República en la Guerra Civil, por ello escapábamos a Francia donde nos esperaban los campos de refugiados. Tenía dieciséis años cuando nació mi hija Michelle quien, al ser detenida en Chile en el setenta y cinco contaba con ocho meses de embarazo”. La mujer contaba además que el libro preferido de Michelle era Fábulas de La Fontaine. Enciendo un cigarrillo quebrantando una vez más la norma de no fumar en la habitación e imposibilitada de dormir me levanto. En la cocina tomo unos huevos, los mezclo con harina y leche. Siento ansiedad por comer algo dulce, busco el manjar y preparo unos panqueques mientras pienso en si seré capaz de hablar con la señora sobre la entrevista. Quizás el mejor momento sea cuando vaya a cancelar mi consumo. Me distraigo imaginando las palabras que le dirigí y me dejo envolver por la sagacidad del gato que se arrima en busca de cariño pero termina lamiendo la mesa. Sobre el velador está el libro de fábulas, lo hojeo, no logro leer ninguna historia. Sobresaltada, intento que el sueño me libre de su última frase en la entrevista que repito una y otra vez: “Dura vida ésta”, “dura vida ésta”.

En la cartelera del diario informan sobre la reposición de un clásico y en la esquina de calle Tarapacá miro el reloj para confirmar la hora. Desde ahí no se alcanza a ver la pastelería, aún no resuelvo si quiero ingresar. Avanzo por la vereda y considero que es mejor ir directo al cine, sin embargo mis intenciones se desvanecen al ver a la española dejando unas cajas vacías en el reciclaje. Entonces la ayudo y entro con ella al local. Ella me pregunta si voy a llevar lo mismo de siempre. Sonrío y le pido otros dulces y, antes de que me los entregue, le hablo sobre la entrevista. Advierto su sorpresa y avergonzada por fisgonear en su dolor quise huir. Aturdida busqué las monedas para cancelar y escabullirme pero su voz me detuvo. Sobresaltada escucho que me pregunta: “¿Usted conoció a Michelle?”. La Goya igual que la primera vez, no espera mi respuesta. Sacando de su cuello un escapulario con la foto de su hija me dice: “Cuando desapareció estaba embarazada”. Tomé la imagen y concluí que se parecían. No quise interrumpir ni indagar en detalles mientras ella en un monólogo sin pausa ni llanto me relató su historia, un testimonio amargo plagado de memoria que fluye para exigir verdad y justicia. Pasmada y en silencio, necesitando mermar su dolor y mi aflicción, intento abrazarla pero la Goya retrocede y pone las manos en los bolsillos de su delantal y, en un peculiar gesto, me extiende su mano y me obsequia su estampa con la foto de su hija. Aunque dudé al principio lo asumí como un compromiso y, en su manifiesta necesidad por palpar un final, me pregunté si en estos años que le quedan alcanzaría a encontrar a su nieto. Quise fortalecer su esperanza y le recordé a las “Abuelas de la Plaza de Mayo” y sus logros.

Prometí volver. Salí imaginando que un día aquel niño extraviado, haciéndole un doblez a la injusticia, antes de ir al cine capaz pase y compre una masa dulce preparada por su abuela.

Lorena Sandoval Campos © Derechos Reservados, 2012.

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El artículo ADOPCIONES LEGALES E ILEGALES, EL FACTOR RACIAL, SOCIAL Y ÉTICO, fue publicado en Revista Occidente, 2014.

1 - Racismo sutil se manifiesta contra personas en condición de pobreza cuya discriminación puede ser superada a través de la educación. Racismo manifiesto se observa en contra personas pobres de razas consideradas inferiores por el grupo dominante. En Chile aquellas personas de genotipo mapuche, aimara o antillanos, entre otros, para quienes pese a lograr educarse, difícilmente podrán vencer la discriminación.

2 - "Todas íbamos a ser reinas"

3 - Las historias de algunas de estas valientes mujeres víctimas de la dictadura que estaban embarazadas se las puede encontrar en http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl

4 - Nancy Guzmán, “Romo. Confesiones de un torturador”, Planeta, 2000, página 149. Obra distinguida con el Premio Planeta de Investigación Periodística.

5 - Lorena Sandoval Campos es Trabajadora Social, Escritora y Gestora Cultural.

6 - Historia escrita en el “Colectivo Las Historias Que Podemos Contar” “Encuentro pendiente”, fue publicado en el libro “Chile: Historias que debemos contar”, Colección Bitácora rebelde, Martín Faunes Amigo. Monte Ávila, 2009, Caracas, Venezuela.

7 - Verso pertenece a la canción “Otro muerto”, interpretada por el grupo español “Mecano”.



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