EL BOTÓN DE NÁCAR

Comentario de cine: NO HAY QUE MORIRSE SIN HABERLA VISTO

El botón de nácar (The Pearl Button) -Patricio Guzmán, 2015-, premiado con el Oso de Plata en el Festival de Berlín por el mejor guión, no es una película que debe verse antes de morir, pero sí es un documental que antes de morirse es imprescindible buscar la manera de verlo, porque como todo documental, no durará mucho en cartelera y después de que lo saquen, resultará difícil conseguirlo. Pero se insiste, es necesario verlo. Aclaramos que, por su condición de documental, no cumple un requisito autoimpuesto en este espacio dedicado principalmente a películas de ficción. Pero por qué no habríamos de romper nuestras reglas ante una obra maestra.
Recordemos de Patricio Guzmán, tal vez nuestro mejor documentalista, filmes como La batalla de Chile (1975), La memoria obstinada (997) (1), El Caso Pinochet (2001), Salvador Allende (2004), y Nostalgia de la luz (2010), documentales todos que entran en la categoría de “deber ser vistos”, aclarando que si es El botón de nácar el que hoy destacamos, es sólo porque es el más reciente y confiamos en que quien lo vea, necesariamente querrá ver los otros.
Lo primero a decir sobre este nuevo documental de Guzmán, es que el cineasta logra asociar con maestría, sucesos históricos con otros personales ocurridos en etapas muy distinta de la historia de Chile -e incluso de la humanidad y el cosmos- y lo hace recurriendo a un adminículo que, en general, no debiera tener ninguna importancia: un botón de nácar incrustado en el óxido de un riel de ferrocarriles rescatado del fondo marino, y otro que sirvió para Jimmy Button (Jaime Botón), un habitante original de las tierras patagónicas, aceptara al comienzo del Siglo XVII subirse al barco del Capitán Robert Fitz-Roy, y viajara con él a Inglaterra “para adquirir cultura y dejar de ser un salvaje”.
Quien logre ver El botón de nácar, asistirá a una clase magistral sobre el origen del cosmos, asociada a nuestros glaciales y a nuestros mares, de cuya agua se dice, recibe el impulso de las estrellas, las transmite a las criaturas vivientes, y además posee memoria, la misma memoria de la que se vale Guzmán para crear esta obra maestra. Hablamos de mares y canales que el cineasta asocia, sobre todo a los pueblos ancestrales a que pertenecía Jimmy Button, personas acusadas de ser, además de salvajes e inmorales, ladrones de ovejas; razón más que suficiente como para que fueran exterminados por cazadores expertos, de quienes se dice “enviaban los cráneos de los indios asesinados al Museo Antropológico de Londres, que pagaba ocho libras por cabeza”. Se dice también que en la cosmovisión selk’nam, yagán y kawésqar -los pueblos originales de nuestra Patagonia-, al morir se convertían en estrellas.
Guzmán, nos muestra esta etapa oscura de nuestra historia, que probablemente muchos de nosotros ya conocíamos, aunque no en la extensión de la brutalidad con que ocurrió y que Guzmán nos la muestra con la altura con que sólo pueden mostrarla los grandes cineastas. Con esa misma altura, Guzmán asocia la desaparición por exterminio de estos habitantes patagones, con el exterminio y desaparición de aquellos opositores a la dictadura a quienes se lanzó al océano amarrados a rieles de ferrocarriles, deteniéndose en el caso de la profesora Marta Ugarte, cuyo cuerpo el mar devolviera en la arena de la playa La Ballena.
Pero quizá la asociación más notable que realiza el cineasta es la del mencionado botón de Jimmy Button, con el que apareció incrustado en el riel de ferrocarriles, entendiéndose que este botón debió pertenecer con certeza a la ropa de alguno de nuestros compatriotas hecho desaparecer en el océano.
Son también importantes en el documental, los testimonios que Guzmán rescata de los últimos descendientes de aquellas tribus patagónicas que nos hablan en su propio idioma, el kawésqar, así como el del poeta Raúl Zurita, y el del periodista y escritor Javier Rebolledo (La danza de los cuervos: el destino final de los detenidos desaparecidos); así como el recuerdo que Guzmán realiza de un compañero de su curso a quien el mar arrastra en un paseo escolar no devolviendo jamás su cuerpo, a este compañero suyo, Guzmán lo llama como “su primer desaparecido”, porque después de él, a partir de 1973, lo seguirían muchos otros.
Particularmente impactante resulta también el testimonio de uno de los pilotos de los helicópteros que llevaban los cuerpos para lanzarlos al océano, quien muestra cómo preparaban los cuerpos y los adosaban a los rieles para ese último viaje, explicando además la razón por la que el cuerpo de la profesora Marta Ugarte, pudo desprenderse de su riel -más sobre Marta Ugarte en Más allá de las rocas negras-.
Recomendamos con urgencia que vea El botón de nácar y todos los documentales anteriores de Guzmán, y que esté a la expectativa, porque el cineasta ya ha anunciado uno nuevo, en esta oportunidad, situado en la Cordillera de Los Andes que, el junto a Nostalgia de la luz y al propio El botón de nácar, constituirán una trilogía.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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Lo invitamos a que vea este documental completo clickeando en el afiche del film:

El comentario del documental “El botón de nácar”, fue publicado en Revista Occidente, 2015, en su sección "PELÍCULAS QUE NADIE PUEDE MORIRSE SIN HABERLAS VISTO". (1)Este documental se ofrece en Europa en paquete con el libro COMPAÑERO PRESIDENTE , Feltrinelli, Milán, 2006, una antología donde aparecen relatos de intelectuales italianos, más traducciones al italiano del último discurso de Salvador Allende y de cuatro textos de autores chilenos, uno de ellos MI NOMBRE ES SALVADOR ALLENDE , pertenece al autor de esta columna.


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