CABECITAS NEGRAS

“Cabecitas rubias que venden amor”
Carlos Gardel, Alberto Lepera: Newyorker blondies.

UNA CONFÍA y de pronto se ve engañando y mintiendo, atrapada por la vida, por las penas. Y aquí estoy otra vez tratando de quitarme esta basura: perra e hija de perra, ironías… de perra me dicen que soy hija y mi madre santa cree aún que vendo en “MACY’s”, en la misma sección del infeliz que la convenció de dejarme venir diciendo que aquí tendría un futuro. El futuro lo tenías vos maricón, pero te lo pensabas labrar a mi costa.
Erraste sin embargo, te salió el tiro fuera de la cancha. Erraste pero erré yo también. No vendí en “MACY’s”, y de “EATON” me echaron a la calle. No me contrataron ni siquiera los paquistaníes de las calles del oeste. ¿Quién iba a darme trabajo en este monstruo sin hablar inglés y con mi cara de latina? O latina por decirlo así más suave pues directamente de india es decir las cosas por su nombre. Esa soy yo, cabellos de india, labios de india, ojos de india. Así me veo y nada más pretendo, no es mi culpa que todos quisieran llamarme “la española”:
“Españolita ponte de espaldas, españolita humedécete la boca”.
Se me fueron cerrando las puertas, de hecho nunca estuvieron abiertas. La única que se abrió fue la del casero para cobrarse los tres meses que debía. Se abrió su puerta y después se siguió abriendo la mía para que la españolita se sometiera de rodillas y con la cabeza obligada entre las piernas. Sometida sí, pero también respetada. Respetada y querida por todos esos parias que vagan por lo oscuro del Bronx, ésta es la misión que estoy cumpliendo, para eso vine, para eso estoy yo: para embrujarlos con mi garbo y la magia de mis trajes, con este peinetón de carey y mi lunar en la mejilla, abanico, velo oscuro y los pliegues de mi enagua. Gitanilla de la calle soy, la del tablado de cemento, la de las castañuelas con que sigo el taconeo de mis pasos andaluces.
“Maja que vas cintura quebrada, escapulario de toreros, relicario de guitarras”.
Una mirada les basta, una sola de mis ojos, aceitunas de Alicante. Guiños robados, destellos que encandilan. Una sonrisa es el camino, un toquecito el firmamento. Eso buscan y vienen conmigo a encontrarlo, se los ofrezco entre el portaligas y el borde de las medias.
Es apenas un minuto, uno o dos, no es más. Apenas un momento en paraíso, no obstante el suficiente para hacer que cambien sus rostros marchitos por ese brillo que emerge desde el fondo de sus ojos, paradoja de las cuencas muertas: esa luminosidad es la que termina a mí por alcanzarme y dejo que los sentidos me arrastren para así disfrutar yo también de esos momentos amargos. Es la chispa que me enciende, la que me consume en llamaradas, por ella me doy, me entrego. ¿Qué otra cosa más hacer para soportar erguida y trotando las noches por los callejones?
-Hey india, despierta.
El hombre entre dormido y ebrio terminó de acomodarse la ropa y tras revisar su billetera arrojó diez dólares sobre la cama deshecha. Al intentar retirarse tropezó con unos zapatos rojos desteñidos al costado del camastro.
Después de darles un puntapié, masculló:
-No los vales perra, no los vales.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Cabecitas negras”, aparece en el libro "Tranvía equivocado" (M.Faunes, Cuarto Propio, 1993).

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