Clase de cartonaje de la señorita Teresa

Después de vacaciones de invierno se anunció el retiro por jubilación de nuestro profesor de trabajos manuales, el señor Gahona. Fue una lástima porque a mí me había costado bastante tomar el ritmo de la disciplina que él nos enseñaba llamada “cestería: técnica que se ocupa para crear canastos y contenedores de mimbre”, así decía él. Con la partida del señor Gahona ya no podría continuar progresando en algo que había llegado a gustarme. Ésa era la mala noticia. La buena era que a mi mejor amigo, el Puelma, lo habían traído de vuelta a nuestro curso el sexto “A”. Al pobre lo habían mantenido por todo el primer trimestre en el “D”, gracias a una famosa mezcla de cursos que se hacía en sexto “para una mejor socialización", así nos decían.

Cuento especialmente lo del Puelma porque él tuvo harto que ver en el famoso escándalo de la clase de cartonaje, algo que nunca creí que haya sido para tanto, y si pasó, pasó quizá justamente por la llegada de los nuevos: compañeros más grandes que trajeron desde el curso “D” con mi amigo de vuelta, porque ellos no respetaron las costumbres que nosotros teníamos y no reconocieron tampoco nuestros derechos de antiguos bien ganados intentando porfiadamente imponer los suyos. Además mi amigo no lo había pasado bien en el “D” con esos compañeros harto más grandes y harto abusadores. Malo todo.

A la hora de trabajos manuales a las chiquillas se las llevaron donde la señorita Ismelda que las iba a hacer bordar y nosotros nos quedamos en nuestra sala para la clase de cartonaje que tendríamos en vez de la de cestería del señor Gahona. La haría nuestra propia profesora, la señorita Teresa. Así que ahí apareció la bonita portando cartón en rollos. Nos fue haciendo pasar uno por uno a su pupitre donde nos marcaba las tapas de un libro viejo que a cada uno le correspondería empastar. A mí tal vez como presagio me correspondió uno de un extraño niño que enloquecía de amor.

Fue inevitable que todos nos fuéramos acercando y pusiéramos los codos sobre su pupitre para observar cómo la señorita Teresa sacaba la cuenta de las medidas que necesitaba el cartón para cada libro y cómo marcaba y después cortaba las gruesas láminas con un cuchillo cartonero, una regla de acero y un vidrio que tenía sobre la mesa.

–Se pone un vidrio porque el vidrio es más duro que el acero del cuchillo, y así éste no estropea la madera de la cubierta –así nos dijo y yo me distraje pensando en cómo podía ser más duro el vidrio que el acero, si el vidrio se quebraba, así nomás, con cualquier pelotazo. Me distraje pero volví a la realidad para fijarme que ésos más grandes que venían del “D” y que ahora pertenecían a nuestro curso, habían empezado a retirarse del pupitre, pero de la parte de arriba, ya que tras hacerle un ruedo se metían por debajo gateando por turno para algo que yo no tenía muy claro, y la señorita Teresa, concentrada en su labor no se daba cuenta de nada.

El Puelma les preguntó qué hacían abajo, pero le hicieron bajar la voz y nada le contestaron. Es que lo trataban mal esos grandotes, claro que como él insistió lo dejaron meterse. Salió colorado y no hubo caso de que me contara qué había visto, aunque yo ya lo sospechaba. Por eso pedí meterme también y no me arrepiento, el espectáculo era increíble: la señorita Teresa, concentrada en los cortes y en las medidas, tenía abiertas sus piernas tanto como se lo permitía la amplia falda plisada que llevaba y que era de ésas que flamean. Pero no solo eso, esa piel y esas carnes suyas eran blancas con un toque de rosado y el calzón apenas le cubría lo que tenía que cubrirle, de hecho algunos bellos rubios se escapaban y yo lo único que quise fue meter allí mis manos, mi boca, mi cabeza completa. No entendía por qué, pero me habría quedado a vivir ahí para siempre y me habría sumergido entre sus piernas si es que esos compañeros más grandes no me jalan por los pies hacia atrás porque ya le correspondía el turno a otro.

Salí más colorado que mi amigo y quizá más contento, no puedo asegurarlo, pero corría eufórico por la sala que continuaba vacía con todos mis compañeros alrededor del pupitre de la señorita Teresa disputándose los turnos para gatear. Todos.

No, todos no, Carlos Sanhueza, uno que venía del "B", un compañero que era niño o más bien niña o tal vez niño, había permanecido en su banco molesto. Claro que eso a mí no me podía importar menos. Volví al ataque en cuanto los grandotes me lo permitieron y pude “ver películas” –así lo llamaban– por otras dos veces hasta que tocaron la campana.

Durante el recreo salimos todos a comentar esta nueva y exquisita experiencia y desde luego a competir por quien había pasado más veces y quién había estado más tiempo. Ni yo ni mi amigo estábamos entre los ganadores, pero no importaba, la habíamos pasado excelente, además había un implícito acuerdo de silencio y un explícito deseo de que llegara pronto el miércoles próximo en que tendríamos de nuevo clase de cartonaje y otra vez veríamos de esas buenas películas. A esta altura ya nadie se acordaba siquiera del pobre del señor Gahona.

La cosa se puso fea más tarde, porque yo vi cómo Carlos Sanhueza conversaba en secreto con sus amigas que habían terminado su clase de bordado y las caras que ellas ponían no eran nada buenas. De hecho la Kety, que siempre se ha considerado mi polola, cuando vio que yo husmeaba en sus conversaciones me hizo ese gesto tan de mujer en que se mueve la mano rápido de arriba abajo como prometiendo un castigo severo. Pero era todavía muy pequeño como para darme cuenta del verdadero caso en que nos habíamos metido y que tendría consecuencias. Por otra parte, además de yo mismo, los grandotes también vieron como Carlos Sanhueza, ese niño que era niña o tal vez niño, nos acusaba con sus amigas, porque nos acusaba, parecía evidente. Además, como los grandotes, yo y el Puelma vimos cómo las chiquillas caminaban decididas en una especie de delegación hacia la sala de profesores a contárselo todo a la señorita Teresa y eso era también evidente.

Tras el recreo la señorita Teresa no apareció por la sala. En vez de ella vino el señor Quiroz quien se quedó con nosotros hasta que hizo su entrada el director don Braulio. El silencio era sepulcral. Solo fue roto por él mismo cuando, severo, hizo primero salir a las muchachas y después, con nosotros solos, empezó a frotarse las manos mientras escogía palabras apropiadas, y las encontró:

–Ha ocurrido algo muy feo, horrible diría –eso empezó diciendo mientras observaba atento a nuestros gestos y nuestros gestos estaban todos en el sentido de concentrar la mirada en nuestro compañero Sanhueza.

–La señorita Teresa se fue a su casa enferma y no quiere volver a ser la profesora de este curso –agregó don Braulio y ya no recuerdo qué más pudo decirnos, pero lo que nos dijo nos causó vergüenza a mí por lo menos. Los otros se limitaron a observarlo con evidentes gestos de rebeldía. Claro que nada dijeron y yo tampoco, es que nada podría haber dicho. Simplemente callé, callamos todos.

Pero no había pasado lo peor. A la salida los más grandes esperaron a Sanhueza que venía con las chiquillas y entre varios lo llevaron junto a ese pino enorme que se levantaba frente a nuestra escuela en la Plazuela Buenos Aires. Pero digo mal “lo llevaron”, en realidad lo arrastraron tras atraparlo y junto a ese árbol majestuoso le pegaron entre cuatro o entre ocho, no sé. Solo sé que ahí quedó sangrando hasta que vino a ser rescatado por el señor Quiroz y por el propio don Braulio. Nos cuentan que después se lo llevó la ambulancia, aunque eso nosotros no lo vimos porque con el Puelma ya habíamos corrido asustados hacia nuestras casas.

Al día siguiente supimos de varios expulsados, no sé cuántos, pero todos eran de ésos que habían venido del “D”. Además nuestro profesor jefe era ahora el señor Quiroz. Los libros viejos y los pedazos de cartón quedaron por ahí arrumbados sobre unos estantes y al miércoles siguiente tuvimos otra vez cestería con el señor Gahona que se reincorporaba con sus mimbres y canastos.

La Kety estuvo unos días sin hablarme y cuando pasaba junto a mí me llamaba “irrespetuoso”, aunque eso duró unos pocos días y me perdonó. Aclaro que yo no le pedí perdón ni nada de eso.

–Te perdono porque eres hombre y como hombre eres imperfecto –así me dijo nomás por cuenta propia. Con respecto a Carlos Sanhueza, dejó de venir a clases, quién sabe qué sería de él. Alguien contó que se había ido a vivir con su abuela a Vicuña pero nadie podría estar seguro de eso.

Unas semanas después la señorita Teresa volvió de su permiso médico, la encontramos con mi amigo camino de la escuela. Quisimos escapar para que no nos viera aunque algo me obligó a acercarme y el Puelma me siguió unos pasos más atrás. La señorita no me rechazó, todo lo contrario, me saludó con un beso en la mejilla que yo no evité. Me contó entonces que ahora sería profesora de un tercero.

–Como cuando empecé a ser la profesora de tu curso –me aclaró. Ante mi silencio, agregó que ella sabía muy bien que yo no era culpable.

–Eres muy dulce y muy pequeño para ser culpable –así me dijo, y como el Puelma se había acercado, lo besó también como a mí y le dio las gracias por haberla advertido de lo sucedido en su clase. Mi amigo se puso rojo mientras trataba de decirle con los ojos y los gestos que eso no lo dijera. Pero ya lo había dicho. Después, solos los dos, él, rojo todavía, empezó con explicaciones estúpidas y con todo lo que le habían amargado la vida los grandotes cuando estaba en el “D” y que se lo merecían.

–Los acusé solo a ellos, a los del “D” –insistía –eran malos, ninguno de los nuestros salió perjudicado.

Se equivocaba. Estaba mal, muy mal: nadie merece así que lo delaten, además qué hubo de Sanhueza, cómo le fue de mal por su culpa. Le di un puntapié a un tarro que había ahí por la cuneta y continué solo mi camino. No quise hablar de esto con nadie, nunca. Tampoco volví a hablar con el tal Puelma, “tranvía equivocado”. Aunque la más equivocada era la señorita Teresa, imaginen: “que yo no era culpable”. Estaba muy equivocada. Cómo no iba a ser culpable yo si hoy, después de todos estos años, esa imagen suya vista desde abajo aún me continúa perturbando.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Clase de cartonaje de la señorita Teresa", aparece en el libro "Un lápiz de pasta marca BIC, y otras aventuras subterráneas"(M. Faunes, Cuarto Propio, 2013).


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