CÍRCULO DE REDENCIÓN

“ I'm looking through you Where did you go I thought I knew you, what did I know?”.
Paul McCartney: Mirando dentro de ti.

RECONOZCO BIEN LAS COSAS cuando no van en broma y esa vez cuando te vi pude adivinarlo de inmediato: tu incursión al “Bolsico” parecía muy en serio. Me lo vino a confirmar la actitud resuelta con que entraste abriéndote paso sin que te importaran los codazos o los insultos.
De seguro ayudó el deseo que tenías de tocar, aunque no fuera más que con la vista, porque en eso andabas, venías a enfrentar a tus impulsos, deseabas castigarlos. Querías resistir con tus manos amarradas a la soga, insistías a pesar que tus tendones, tus músculos, todo en ti luchaba por soltarse, cortar sus amarras y estirar los brazos. Eso parecía en realidad lo que deseabas, lo otro no era más que una maldita pose. Es que nada te diferenciaba de los otros treinta o cuarenta que había en el ruedo tratando de alcanzar a la muchacha que al centro desnuda continuaba en una danza autista ajena a las miradas, ajena el deseo, a la lujuria. Sólo buscaba con ojos que no veían acaso un hoyo negro del espacio para salir y escapar y abandonar el antro.
Pero ya sabes que de círculos de podredumbre como ésos no hay escapes posibles, por eso ella seguía condenada mientras tú recibías el castigo a que te habías sentenciado negándote al derecho que se daba toda esa escoria contenida por la cuerda de estirar las manos y tocarla, aunque supieran que la muchacha calculaba exacta la distancia hasta donde podían llegar ellos con sus garras sin que pudieran alcanzarla.
Luchaban todos como locos, claro que tú que eras distinto supongo que eso no te daba sino lástima. Venías al borde del ruedo a sufrir limitado a tocar con la mirada, pero tanto lo hiciste que tus ojos distantes del comienzo se fueron transformando en tacto y, aunque no lo puedas creer, ella notó el cambio. Tan intensa sintió tu mirada en su piel que cuando sus ojos se encontraron con los tuyos, su autismo quedó trunco y esas miradas, la tuya y la de ella, se convirtieron en camino reservado para ustedes. Y ahí te quedaste hipnotizándola o dejándote hipnotizar. Te convertías quizá en la utopía suya de abandonar aquel tugurio, te convertías en el agujero de su escape, en ese pasadizo inexistente que tu incursión de esa noche, quién podría saber si para bien, le hacía renacer la esperanza de que podría alguna vez alcanzarlo.
Y la penetraste por la vista. Ingresaste en ese mundo oculto que ella tenía y necesitaba a toda costa borrar, única manera de seguir soportando el ruedo, el círculo. Única forma de aguantar también de pie arrastrando esa vida amarga y su maldita danza autista. Entraste y viste ahí a su pueblo, a su casa de niña, pero no te quedaste en eso, seguiste adelante sufriendo por ti y por ella, sufriendo sin soltarte de la soga, adivinando y adivinándote. Y lograste confundirla. Fue con un golpe de tu mirada que la hizo perder el paso. Pero a quién le importa, a quién le podía importar si su danza era o no perfecta.
Y si la confundiste debió ser porque ella también deseaba que tú la descubrieras, pero no en la desnudez servil a que la obligaban, sino en sus ojos de brillo húmedo, en su palidez, en su pasado. Deseaba permitirte que siguieras, que llegaras incluso hasta ese amor, aquel que se comprometió a sacarla del gris y convertirla en reina. Quería hacerte creer que le habían cumplido, cuestiones de orgullo supongo. Es que ella que no pidió nunca nada llegó de verdad a ser reina, y reina era, reina entre la escoria, reina del despojo, reina del antro. Eso era ella, reina prisionera del círculo y tú ibas a ser su redentor. Tú que no te soltabas de la soga, tú el distinto, el que no trataba de alcanzarla. Tú, el del traje inmaculado que la tocaba sólo con la vista. Tú, célibe, que lo eres quizá por impotencia y que sufrías tanto como sufría ella. Sufrías y te auto castigabas, te flagelabas sin soltarte de la soga, la estabas convirtiendo en cepo para torturarte las muñecas. Tú que algo ocultabas y querías evitar que te lo vieran. Te avergonzaba y te afanabas por esconderlo, pese a ello cualquiera podía darse cuenta de cómo rompía la caída de tu traje. Pero a ti qué podía importarte, ¿quién podía sentir vergüenza en un antro como ése? ¿Acaso llevabas una Biblia, un crucifijo? ¿No entiendes que ahí los que acuden, no van sino a arrojarle su basura?
Comenzabas a temblar pero tampoco querías que lo notaran. Disimulabas retorciendo el trozo de cuerda que se suponía debía contenerte. Pero a mí ya no podías engañarme, te estremecías y era por la lucha que librabas dentro. Habría apostado que la lívido tuya contestaba al castigo con tal furia que no resistirías, no ibas a ser capaz, tenías que sumarte al círculo, ése había sido tu destino desde siempre, convertirte en uno más del basural. Y llorabas por ti y por ella, pero el tuyo era llanto interno, llanto en el camino de luz que sólo tú y la muchacha podían notarlo. Llorabas y querías soltarte de la soga, romper tus cadenas. Necesitabas manos libres para hablarle pues qué le podías ofrecer así amarrado como estabas. Tendrías que desatarte, destrabar el cepo y entonces decirle:
“Vámonos, aquí está el dinero que les debes. Págales, eres libre otra vez”
Como si ésas fueran cosas que pudieran arreglarse así tan fácil, como si dependieran sólo de cuestiones de dinero. Pero eso tú lo sabías o al menos eso creo, era fácil darse cuenta de que no habría para ella redención y tendría por eso que continuar en su danza autista hasta cumplir cada uno de sus días de condena. Y la mejor prueba de que sí sabías me la diste tú mismo, de otro modo no imagino para qué ibas a gritarle:
“¡Esclava!, ¡ven a servirme!”
Eso hiciste y tu voz se destacó potente por encima de todas las de ésos, la escoria del ruedo, aunque igual como en tus sollozos ella fue la única que escuchó. Es que eran gritos y lágrimas ocultas, quejidos lastimeros en silencio y si eso era así fue porque no querías nudos en la garganta, nunca te gustaron. Tenías que echarlo todo afuera, remover hasta tu última inmundicia. Deseabas simplemente ordenar sin sentir remordimientos, querías dormir tranquilo, que no te persiguieran los fantasmas: “¡Sírveme zorra, para eso te tengo!” Más gritos al camino de luz arrojaste y vi la humedad en su rostro y en el tuyo de tu llanto. Aunque aún lo podías disimular bien, para eso eras el fuerte que gozaba castigándose. Y para el castigo podrías probar con un puñal. ¿Habría algo mejor para tus venas? Solución de cobardes la gente cree que es... ironías, ya quisiera ver que se atrevieran, a ver si pueden soportar el espectáculo de la propia ponzoña escapando de sus venas.
O si prefieres un revólver, va mucho más con el estilo que te gusta: apenas un instante que contengas el aliento y una breve presión sobre el gatillo, nada sentirías. Un ligero chasquido quizá, pero como en sueños, algo así sordo como cuando dormidos soñamos que queremos gritar y no podemos. Con un revólver te irías rápido y más limpio, sin ese sufrimiento que te produjo el que te permitiera descubrirla, porque llegaste a saber cuánto sufría, para mí eso quedó después muy claro: eras el redentor que ella esperaba desde la noche en que vino al “Bolsico”, desde que vino o la trajeron. Eras el redentor que viene a redimirla, el que la puede rescatar, el que le va a permitir su fuga, el escape por fin del basural.
Pero uno de tus brazos logró también escaparse, los pedazos del cepo cayeron por el suelo. Asumías tu lugar como uno más dentro del círculo, basura entre basura, escoria de las escorias. Es que eras incapaz de reconocer que esa bailarina miserable había hecho trizas tu coraza.
Daga en el aire que brilla que zumba, salió de tu bolsillo, estropeaba la caída de tu traje. Nadie se interpuso, cortaste la soga pero no el camino, por su luz continuaste, ¿cuál era el cargo que le hacías?
Tu puñal truncó su danza para siempre. Ya no pude recuperar el paso, penetró no sé cuántas veces hasta que alcancé la redención.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

VUELTA AL INICIO
“Círculo de redención” fue escrito en el otoño de 1989, en Calama. Ha sido publicado en los libros “Tranvía Equivocado”, Cuarto Propio, 1992 y "Un lápiz de pasta marca Bic", Cuarto Propio, 2013.
La ilustración es una obra que pertenece a Edgar Degas, el pintor de bailarinas.


Si desea conocer más detalles de lo que aquí exponemos, o participar en algún taller de creación o de cuentacuentos, envíe un mensaje a martinfaunesa@gmail.com

Creación, programación, redacción, diseño y soluciones de web : tranviaequivocado@gmail.com