CONTRAPUNTO

Composición escolar en homenaje a las distinguidas damas del cuerpo docente.

“Blackbird singing in the dead of night”.
Paul McCartney.

El domingo que llegaron los trovadores al pueblo, pajarito pardo acudí como todos a gozar con esas proezas de amor que narraban en sus cantos. Y así, posado en una rama, disfruté de cómo contaban cantando el romance de la muchacha que se atrevió a defender su amor aunque su amante no fuera más que un jorobado. No obstante, entre tanta gente alegre que se reunió para verlos, pajarito pardo, canto bello, me distrajo un sollozo venido del balcón de una casona de ésas que enfrentan a la plaza.

Pajarito pardo, paño de lágrimas, volé hasta allá donde apoyada en la baranda descubrí que una niña ojos de mar lloraba sin consuelo. Quise saber qué le ocurría, quise saber cómo ayudarla, quise decirle que las niñas bonitas no lloran en domingo, con menor razón si los trovadores han venido. Pero antes de que pudiera abrir el pico la niña suspiró profundo y dijo entre sollozos –quién tuviera el coraje de partir de esta casona de horrores para encontrar a alguno a sepa amar y que yo amaría por el siempre de los siempres.

Pajarito pardo, canto alegre, esperé que los trovadores terminaran con su acto y comencé a trinar para la niña canciones compuestas por mí mismo y otras del zorzal, pájaro de cantar recio. La muchacha se quedó mirándome mientras secaba una última lágrima y quizá entendiendo que mis trinos no podían ser sino para ella, me dirigió una sonrisa turbadora que por poco hace que estropee mi tonada, habría sido una vergüenza. Sin embargo logré sobreponerme y aprovechando que la niña empezaba a aplaudirme, retomé la melodía para continuar con una canción del ruiseñor de la jaula de oro de Cordovez con Balmaceda.

En medio de mi canto, viendo que la niña ahora sonreía, me distraje pensando en cómo las muchachas hermosas podían ir tan fácil del llanto a la risa y de la risa al llanto mediando apenas un trino humilde como el mío. Y se lo quise preguntar, pero un impulso incontrolable me obligó a decirle:

–¿Por qué te quieres marchar paloma ingrata, no querrás acaso que sufra tu madre, o no crees que tus hermanas vayan a extrañarte?

La muchacha no disimuló su sorpresa por mis palabras, pero cuando pareció segura de que era yo pajarito pardo quien le hablaba, me respondió con una voz de entre mocosa engreída y de niña-santa-mártir:

–Ay, pajarito, mi vida es un infierno trabaja que trabaja. Aunque las que no trabajan son unas fracasadas. En el día es barrer, barrer y barrer, las noches son de trabajo y más trabajo. Aunque las que barren de día son las fracasadas que nadie las pide para que trabajen por la noche. Mi madre no es más que una negrera y si ella nos lo manda debemos revolcarnos incluso por dos reales. Aunque yo soy por lejos la favorita y han llegado a pagar por mí sumas que no puedes imaginarte.

Pajarito pardo confundido por la ambigüedad de la muchacha pero más aún por un destello que emitían sus ojos al cambiarse de niña-santa-mártir a engreída y de engreída a niña-santa-mártir, en vez de preguntarle de dónde venía esa luz o si le habían gustado mis cantos, solo atiné a pedirle me dijera cuál era ese oficio extraño a que se dedicaba con sus hermanas.

–¡No se preguntan esas cosas a una dama! –respondió más ufana que molesta, y agregó –de qué me serviría contártelo, además si nada podrías hacer pajarito, tú tan pequeño.

Le respondí preguntándole si acaso había olvidado que en el romance que los trovadores acababan de cantar, el jorobado había conseguido a la muchacha con apenas el canto hermoso que le dedicara y que ella lo había abandonado todo para ir tras él después de caer rendida por la magia de ese canto.

Creí que con esa pregunta la niña reflexionaría, sin embargo ni siquiera la consideró, pareció olvidar que estaba yo allí y no solo dejó de responder a las preguntas que le hacía, sino ya no me puso atención e incluso pareció desentenderse de que la había estado pretendiendo. A tal punto llegó su indiferencia que después de quedarse unos instantes mirando hacia los trovadores que recogían sus enseres aprontándose a partir, retrocedió rápido del balcón hacia su cuarto y, sin importarle que yo pudiera estar mirando, comenzó a quitarse la ropa prenda por prenda para después desnuda frente al espejo sobreponerse vestidos tras vestidos buscando el que la hiciera verse más perfecta.

Pajarito pardo en vez de increparla, mostrarme ofendido, o de al menos entristecerme, extasiado por la oportunidad que me daba de asistir al rito lujurioso de una mujer intentando hermosear lo que es bello en sí, me posé ridículo en su hombro y le dije:

–Jamás vi cuerpo tan fresco, jamás talle tan fino, jamás piernas tan bellas.

La muchacha sonrió halagada y mientras me trataba de “pajarito lindo”, “tierno” y de otras cosas tontas por el estilo, sin considerar que como el zorzal del canto recio yo soy también capaz de volar con el sexo en ristre, insensata me tomó entre sus manos para llevarme a su pecho haciéndome rozar las plumas contra la piel de sus senos. Pajarito pardo aturdido, con su corazón retumbándome, en vez de continuar trinando para enamorarla o de beber néctar de esos senos lozanos, murmuré para ella:

–No me importa el trabajo que hagas, no me importa si has tenido otros amantes, solo quiero que conmigo te vengas, nada habrá que de mí pueda apartarte.

–¡Pajarito! –Dijo –¿estás loco? ¿Cómo podríamos andar juntos por allí, qué iba a decir la gente, y peor aún, de qué viviríamos, ¿crees acaso que podría bastarme con tu alpiste? ¿Crees que serías capaz de construir un nido tan grande donde yo cupiera?

Le respondí como el más iluso de los pájaros –nada sería imposible si pudiéramos amarnos.

La muchacha me soltó y se echó a reír diciendo que ella no se iba a enamorar jamás de un pajarito por bello que trinara, ni aunque su canto fuera mejor que el del jorobado del romance con que los trovadores nos habían deleitado, y eso porque el amor no lo era todo y que ella estaba acostumbrada a lujos que yo no podría darle. Además dijo conocer a personas importantes que no se demoraría en extrañar, por eso en definitiva lo nuestro no sería más que un fracaso.

Pajarito pardo fuera de control, en vez de insistir en que la muchacha del romance de los trovadores había sido feliz con el jorobado pese a mil obstáculos, atolondrado repliqué:

–¿Cómo es que entonces te he sorprendido llorando en domingo y todavía en la mañana en que los trovadores nos cantaron?

Me respondió la muy perdida que nada había entre nosotros y nada tenía entonces que explicarme. Aunque en una reflexión tan contradictoria como todo lo que hacía y decía reconoció que yo, humilde pájaro cantor, tenía razón en ciertas cosas:

–Nadie puede ser feliz en un antro como éste –dijo –pero en algo te equivocas, los trovadores no llegaron esta mañana como crees. Están en el pueblo desde anoche y anoche mismo vino a visitarme el más joven de ellos. Pagó por mí sus ahorros de un año, me propuso después que nos escapáramos, que nadie nunca iba a encontrarnos. Decía que me amaba pajarito y cómo no había de amarlo yo a él si no es rico ni apuesto pero tiene sonrisa de perlas y canta como los dioses. Lloraba pajarito cuando me viste, porque en ese momento cantaba el trovador que había rechazado hacía apenas un rato y solo por no querer arriesgarme a una vida trashumante sin saber qué podría estar por ahí esperándonos. ¿Y qué más puedo esperar yo de aquí pajarito? ¿Mal amor? ¿Revolcones?

Alcanzó apenas a ponerse uno de sus vestidos, bajó las escaleras taconeando unos zapatos rojos de charol. Cruzó corriendo la plaza para alcanzar a los trovadores que daban la vuelta por la esquina. El más joven de ellos hizo parar a los caballos y la subió al carretón, liviana como pluma. Los vi perderse después cruzando el río hacia Alfalfares. No alcancé a estrechar sus manos ni a agitarle un pañuelo, no alcancé siquiera a sonreírle aunque fuera a la distancia.

Pajarito pardo ¿qué es un nido sin compañera? Y yo que había perdido a la niña que lloraba en el balcón no había alcanzado siquiera a construirlo. Mis plumas del pecho se tiñeron de rojo y con la vista nublada tuve que aletear y aletear para no caer al pavimento. El eco de herraduras alejándose fue marcando para siempre mi fatalidad gris de pájaro pardo.

Un par de urracas que me encontraron a la vuelta, al ver mi mancha roja en el pecho me preguntaron por burlarse si acaso me había convertido en loica o en petirrojo. Les respondí que no, que era solo un pájaro pardo sin nido, y agregué que mis plumas rojas venían de una herida que estaba pensando recién en si podría conseguir cicatrizar.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Contrapunto”, tras haber sido premiado en un concurso de cuentos del desaparecido diario "la Época", aparece en los libros Cuentos de la Época", "Ráfagas de versos y bytes" (Mosquito), "Tranvía equivocado" (M.Faunes, Cuarto Propio, 1993) y en "Un lápiz de pasta marca BIC, y otras aventuras subterráneas"(M.Faunes, Cuarto Propio, 2013).


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