CONVERSACIÓN EN EL CIELO

Ejercicio de conciencia y de nostalgia.

¿En qué momento se había jodido el Perú? Vargas Llosa: Conversación en la catedral.

Esta noche que he tenido el gusto de conocerlo y que de manera tan gentil ha aceptado beber de este vino que invita al recuerdo, lo quisiera participar de algo de mi historia, que a pesar de enorgullecerme pocas son las personas a quienes me he permitido participarlo. Humildad dirá y no voy a negar eso, aunque sí tengo que decirle que si hoy deseo a usted contárselo, es porque no creo que haya gente que esté preocupada todavía por cuestiones como éstas, pero por sobre todo porque desde que usted estrechó mi mano me dije “con este caballero estoy de verdad en confianza”.

Se lo digo porque, cadete venido de provincia que podría haber pasado los fines de semana en casas de parientes bien puestos, para que vea lo sencillo y que certifica la humildad con que me he manejado siempre, esos sábados y domingos en vez de la buena comida y los salones, prefería ir hasta Cumming con San Pablo a quedarme donde una tía doblemente viuda que me recibía diciendo “qué bueno que vino mi’jo, le tengo sopita de hueso con cabellos de ángel y un charquicán jugosito”.

¿Qué le parece? Así de humilde todo señor y más. Fíjese que su departamento estaba en un edificio viejo de ésos que hacía la caja de empleados particulares con apenas dos dormitorios, pero como el que debió pertenecer a mi primo Elías, su hijo nacido de su primer marido, lo tenía repleto de cachureos, así, sin ningún protocolo, me hacía dormir en una cama junto a la suya que seguramente ocupaba antes de morirse el segundo de sus exmaridos, uno llamado Orlando, es decir, el que había sido padrastro de Elías, su hijo, uno de mis primos mayores.

A mí no me molestaba dormir con ella que incluso roncaba, además me encantaba su comida, pero no era por eso que prefería aquel lugar humilde a casonas estupendas del barrio alto. Si iba hasta allá era por el impacto que causaba desde que ponía un pie bajo el trole hasta que entraba al edificio donde vivía la tía. Escogía por eso el que venía por Catedral nada más para bajarme frente a Plaza Brasil a eso del mediodía y caminar de uniforme impecable saboreando la superioridad que tenía sobre todos esos estudiantes de liceo que me observaban con envidia. Aunque lo mejor era el efecto que causaba en las muchachas. Varias de ellas ya eran conocidas mías aunque no por eso iba a darles importancia. Yo pasaba nomás, vista al frente, no puede uno andarse basureando así porque sí y de manera gratuita.

¿Quiere que le cuente la verdad absolutamente sincera? Yo creo que ésos fueron los mejores años de mi vida, fíjese que después de once, sin espadín, pero siempre de uniforme, buscaba en el Cine Alcázar alguna muchacha que estuviera sola y, si aceptaba, ligerito me abría los pantalones y la hacía manosearme para, con un movimiento firme, bajarle la cabeza y ponerlo en su boca. Así era, para eso iba hasta allá e imagino que ya no le causará tanta extrañeza esto de preferir cines tan proletarios al Cine El Golf o el Dante. No fallaba nunca. Si no había ninguna chiquilla sola, me sentaba nomás en cualquier sitio y siempre llegaba a mi lado alguna por iniciativa propia. Y si eso no pasaba, estaba la posibilidad de algún cabro que lo dejaba para última instancia.

Son sufridos los maricas, amigo. Son incluso abnegados, por eso no lo sueltan, imagínese que si aparecía alguna chiquilla, ahí, agachados como estaban, les tenía que dar a cara a cara el doble golpe a mano abierta, el mejor remedio. Arrancaban despavoridos y yo me quedaba con la niña que era lo que prefería.

Amigo, no me ponga esa cara de extrañeza, uno se puede aprovechar de un marica de vez en cuando e incluso abusarlo, pero eso a uno no lo convierte para nada en homo, yo soy y he sido siempre macho. Es que el uniforme mataba, créame, además para entonces mis dos ojos estaban buenos, no como ahora que tengo éste que no solo no es capaz de ver sino ni siquiera tiene movimiento.

¿Sabe? Lo único desagradable de ir hasta la Plaza Brasil a dormir con la tía no eran sus ronquidos sino sus pesadillas. Sus ronquidos no porque imagínese: de acuerdo a mis posibilidades me conseguía algún felatio en el cine, pasaba a este mismo “El Cielo” a tomarme un par de garzas y volvía al departamento de la tía donde después de la sopa caía al catre como un ángel. Claro que cuando la vieja tenía pesadillas era diferente. Hablaba dormida y me despertaba diciendo incoherencias que de tanto oírlas acabé entendiéndolas. Se referían siempre a Elías mi primo, que para entonces era un hombre mayor que vivía en Copiapó con su propia familia. Sin embargo ella le rogaba en sus pesadillas que se fuera y que se fuera pronto, y hablaba cosas sobre el Internado Nacional Barros Arana donde su hijo, según yo podía entender, había estudiado y permanecía ahí alojando de lunes a viernes, tal como yo que estudiaba y vivía en la Escuela Militar.

Cuando pasaban esas cosas la despertaba y le hacía ver que había tenido un mal sueño. “Elías ya no vive con usted” le decía, y ella se disculpaba sonriendo para después volvernos a dormir. Así fue muchas veces hasta que una noche eso no funcionó. La veterana en vez de disculparse me dijo llorando: “¿pero por qué no te has ido Elías? Mi marido va a llegar y no va a gustarle verte aquí, mucho menos durmiendo en su cama...”. Todo esto me lo dijo entre incoherencias mientras se cubría con las manos para ocultar las lágrimas. Le di para calmarla un vaso de leche tibia y le estuve haciendo cariño hasta que se convenció de que yo no era su hijo.

Así ocurrió en varias oportunidades hasta que llegó la vez en que ya no pude convencerla y ella, entre sus incoherencias, me hizo saber a gritos que era su marido Orlando el que la obligaba a mantenerme internado en el Barros Arana y solo porque era un asqueroso que no le gustaba el amor sino el sometimiento. Fíjese que le gustaba someterla de luz encendida y en plena sala: él como pachá en su sillón favorito y ella de rodillas obligada entre sus piernas, solo eso le gustaba. “¿Cómo iba a permitir que lo vieras Elías?”, me repetía la pobre mujer mientras no podía controlar las lágrimas.

Ahí fue cuando se jodió la pobre tía y ya no hubo para ella más vueltas, se alejó de la realidad, tuvieron que llevársela a una casa de reposo. Yo lo sentí por ella, cierto, pero para no ser hipócrita confieso que más lo sentí por mí mismo porque en estas nuevas circunstancias mis posibilidades de ir al cine Alcázar se hacían difíciles. No hubo vuelta para la tía, algún día no habría tampoco vuelta para mí.

Mucho tiempo después acerté a asomarme a la ventana y vi que el troglo intentaba meter a la casa a una chiquilla que tendría unos quince o tal vez catorce, y lo hacía tratando de que yo no me diera cuenta. Willeke le ayudaba. Eran un par de imbéciles. Dejé que continuaran pero tras cinco minutos les mandé a decir con un soldado que yo no estaba para bromas y que me trajeran de inmediato a su última detenida. Los tipos entendiendo que no me había dejado sorprender aparecieron en la puerta con la chiquilla llorando, su uniforme de colegiala se lo habían rasgado y ellos venían haciéndose los lesos y los graciosos. Repito, eran unos imbéciles.

“La pillamos haciendo un rayado, mi capitán”. Así me dijeron creyendo que podrían engañarme. La pobre chiquita sollozaba diciendo que solo estaba apoyada en el muro ese del rayado, pero que nada había hecho y que por favor la dejáramos marcharse.

“¡Salgan de aquí conchas’de’su’madres!” les mascullé mientras le pasaba un pañuelo a la chiquita para que limpiara sus lágrimas. Cuando la noté más tranquila le pregunté qué hacia junto a la muralla famosa esa. Me respondió todavía entre sollozos que solo conversaba con uno de sus compañeros, porque la muralla del rayado estaba a pocos pasos de su colegio, el Manuel de Salas o el Liceo Siete, o alguno así de Ñuñoa o Providencia. Yo supe de inmediato que la chiquita nada tenía que ver con la resistencia porque no había miristas de catorce años, y todo eso tenía que ser cuento del troglo, porque el troglo era el troglo y siempre fue un degenerado. Por eso me acerqué así como para consolarla, pero en vez de eso le entré una mano abierta en pleno rostro solo para que supiera de comienzo quién era el que mandaba. La cabeza de la pobrecita se le fue fuerte al costado. Se puso su manito en la cara ardiente mientras me miraba muerta de miedo como preguntando, “cómo me hace esto a mí quien suponía iba a ser mi salvador”, imagínese. Por toda respuesta le ordené que se sacara la blusa y se pusiera de rodillas porque deseaba sentir sus pezones en mis piernas mientras acababa. Para evitar que se le ocurriera morderlo le puse en la sien la pistola de reglamento. “¡Chupa conche’tu’madre!”. Después, nada de contemplaciones, mandé a llamar a mi ordenanza y le pedí que a ella le dieran comida mejor y la pusieran a dormir, mientras tanto, en el catre con la flaca Alejandra. También le hice ver clarito para que lo traspasara a los otros: ella sería para mi uso personal y no quería que nadie se le acercara, mucho menos el tal troglo.

Cambiaron así mis circunstancias y pude pasar mejor el resto del tiempo que duramos en esa casa de Ñuñoa con la chiquilla del Manuel de Salas. En agradecimiento mandé a la flaca a que le comprara rouge y vestidos nuevos. Linda chiquilla. Cuando la flaca vino a quejarse de que la mojaba con pis por las noches, mandé a llamar a ese brujo el Pincetti, uno que trajeron de La Serena junto con el polaco, un par de ineptos. Y fíjese que el tal Pincetti se las daba de psicólogo aunque no era más que un ignorante. Me salió con que la pobrecita se meaba de susto. Ordinario, lo saqué a culatazos: miren la estupidez… de susto, y con todo lo que yo la quería, si hasta la puse en catre aparte comprado por mí mismo, con mi propio dinero.

Fue un tiempo difícil pero bonito, aunque al final la perdí, nunca más supe qué fue de ella. Me pasó después de que ése, que llamaban “el escribiente”, logró meterme un lápiz de pasta en el ojo para fugarse y me lo dejó así como lo ve. Si usted me pregunta en qué momento se jodió el país, le respondo sin titubeos que fue en ese. Me quedé sin ojo, país de traidores, me habían traicionado: tras el mes en que estuve en convalecencia volví y el troglodita había entregado a la niña a Tres Álamos. Dijo que lo habían obligado a hacerlo pero yo siempre supe que se la había vendido al Conrado Pacheco, un paco coimero que trajeron de La Serena con el Pincetti y el polaco y lo pusieron a cargo de ese recinto. Esa fue la verdad, se le salió al tal Willeke una noche en que se nos pasó la mano con un vino que nos tomamos también aquí mismo, en El Cielo.

No me ponga cara de sorpresa señor, se vendían mujeres, eso no tiene nada raro. Se prestaban, se arrendaban y se vendían mujeres, y el troglo se atrevió a venderme a la muchachita, y nada menos, al tal Conrado que nada tenía de honrado. Ojalá el tal por cual le haya pagado con un cheque sin fondos como todos esos que después empezaron a protestarle... hijos de puta, los dos. Es que ese paco tal por cual sí que era conche’su’madre, fíjese: cheques protestados, deshonra para la fuerzas armadas y carabineros. Al gil le protestaban hasta los cheques de la panadería y el infeliz se atrevió a negármela. ¿Para qué la querría él si ni siquiera se le paraba? A lo mejor la tenía de maraca pa´arrendárselas, a los coroneles, a los generales, o qué se yo a quién sabe.

Un día con lo mejor de mi gente entramos a la fuerza a Tres Álamos, pero no la encontramos, no pudimos, la habrían escondido supongo. Quizá el propio troglo alcanzó a datearlos, chivato maldito. Es que ese infeliz era como tener al enemigo almorzando con uno: maldito y remaldito. Si hasta creo que se vendió para el desgraciado que me arruinó el ojo, ése que con el lápiz de pasta me lo jodió. Era apenas un mocoso, lo habíamos pateado harto, pero el troglo se las arregló para dejarlo solo conmigo y éste aprovechó el minuto para sorprenderme. Me jodió el ojo, me lo rejodió.

Pero no crea que la he olvidado, amigo mío, me refiero a la chiquilla del Manuel de Salas… nada de eso, soñé un montón de veces con ella, con su pielcita suave, con sus pezones rosados. Sueños maravillosos créalo. Mucho después, veinticinco o treinta años, viudo ya, con mi nieta velándome el sueño, una vez que estuve enfermo desperté sin entender que la pesadilla había terminado y le puse a la pobrecita el revólver en la sien para que arrodillada lo gozara en su boca, “chupa conche’tu’madre”. Pasó por mí entonces un relámpago de conciencia que me hizo entender que estaba jodío tal como me habían jodío el ojo, como se había jodío la tía de San Pablo y como estaba jodío el país entero. Para mí ya no habría más vueltas, por eso, mientras acababa, retiré el cañón de la cabeza de la niña para ponerlo en la propia mía y descerrajarme un balazo.

Y ya ve, querido amigo, como vine hasta El Cielo por conversación y bebida, y vine aunque fuera de cráneo abierto, pero vine también limpio, renovado, sobrio, bueno. Y si le he contado todo esto es porque desde que lo vi supe que íbamos a estar en confianza.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Conversación en El Cielo”, aparece en el libro "Un lápiz de pasta marca BIC, y otras aventuras subterráneas"(M.Faunes, Cuarto Propio, 2013).
“Conversación en El Cielo” pertenece a la novela inédita “Travesía nocturna en el tren de la esperanza”.


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