EN RESPUESTA A ACADEMIA

Material de lectura previa:

“La exigencia monogámica hecha a la mujer será siempre inútil ya que su condición verdadera de no-monógama, la expondrá a tentaciones que no podrá ignorar o al menos no en pensamiento. Es que, pese a su poderío, la pareja monogámica no es ni será capaz de limitar el pensamiento”. F. Engels: El origen de la familia, la propiedad y el estado.

Esa mañana pensaba en él, negarlo habría sido de hipócritas. Pero si pensaba así en esa persona con fuerza tal que no podía negarlo, no era porque aquel hombre fuera la gran cosa o ella una de ésas que se la pasan en amoríos. Nada de eso. Le habría despertado tal vez alguna simpatía y ésa era la razón para dedicarle un pensamiento, pero no, ni siquiera simpatía: curiosidad, solo eso. Curiosidad al recordar cómo él había bajado la vista cuando ella, sin intención, había fijado en él la suya.

"Es la curiosidad que despiertan los hombres tímidos", se dijo y no le cupo ninguna duda, por eso tras abrir su email fue grande su sorpresa. Es que ese mensaje era distinto y también inesperado: en vez de la recurrida “Estimada Señora Directora, mi informe de hoy versa sobre...”, se encontró, nada menos, con unas pocas líneas que conformaban un cuento. Sí, un cuento: cuatro o cinco párrafos que invadieron sus quehaceres y la obligaron a desear leerlos y leerlos tranquila, a solas. Tuvo por eso que imprimirlos y encerrarse con ellos en el baño libre de miradas indiscretas. A su oficina entraba siempre tanta gente sin pedir permiso, sobre todo las profesoras: cada cual más intrusa.

“Academia” era el título que precedía esos renglones de palabras sencillas que a medida que se recorrían iban desarrollando una trama de erotismo inesperado. Una historia como hay muchas: un muchacho que amaba a una niña que conocía en una academia de baile. Y ella, que ahora recorre esas líneas, pensó al principio que se trataría de un personaje tímido como aquel que le escribía este email, ése que recordaba bajando la vista casi sonrojado. Un personaje que despertaría también simpatía, o digo mal: no simpatía, curiosidad, eso solamente, para que, tal vez, debido a esa misma timidez y a esa curiosidad, se quedaría con la muchacha en un final feliz de anticipación muy evidente. Eso imaginó de comienzo pero no tardó en darse cuenta de lo equivocada que estaba. Es que a diferencia del hombre tímido que le enviaba sus informes, ése del cuento, cuya peripecia recorría ansiosa palabra tras palabra, cambió de pronto para escoger un baile diferente y con ese baile diferente abandonó a la muchacha ensoñada para bailarlo con otra, con una mujer de experiencia, una profesora de baile con demasiada experiencia, y ella, la ahora lectora, directora de escuela, a solas en ese baño sin nadie para interrumpirla sintió que era triste que el protagonista abandonara a la muchacha y sintió también que había ahí un esbozo de cinismo aunque no tanto como para llegar a odiar a ese personaje ambiguo, ora tímido, ora quién sabe, y que al menos en la historia no parecía importarle cómo su padre se convertía en perdedor mientras él se convertía en un canalla.

Así es un poco la vida se dijo disculpándolo, y pensó que de aquel cuento enviado por email lo mejor era el final porque permitía continuar el relato sin escribirlo. Soñó entonces con ser ella la profesora de baile de aquella mítica “academia”, esa mujer experimentada. Eso quería ser: la profesora-maestra y no la muchacha que amaba al muchacho, porque a esa pequeña ella no podría interpretarla. “Amores así solo se dan a los catorce”, se dijo, y pensó también que con sus casi cuarenta querría más bien castigar a su marido amando al muchacho, o no amándolo, solo disfrutando de sentirse por él deseada, aunque por qué no gozando con él en la intimidad de ese mismo baño donde se habrían encerrado. Soñó y soñó también con el timorato administrativo escribidor de informes sin importancia, que también escribía cuentos, ahora lo sabía. Un hombre tímido que se había atrevido a escribir uno para ella, donde un muchacho ingresaba a esa academia de baile casi en puntillas y terminaba desatando tempestades. ¿Sería acaso un canalla también aquel escribidor? ¿Un canalla disfrazado de pájaro mendicante de amores?

Pero ella, como sabe que los cuentos encantan y sabe también que cuando los cuentos son leídos dejan de pertenecer a quienes los escribieron, se preguntó por qué el canalla –así es como lo llama ahora– no se detuvo a poner una dedicatoria en la que quizá habría descubierto sus intenciones, aunque a pesar de eso continuó en su ensoñación pensando en que una dedicatoria del estilo “para usted a quien estimo tanto” no habría sido suficiente, ello implicaría que la timidez del hombre era un caso no resuelto.

“Aunque es mejor que no lo sea, así yo misma sería la que corrigiera ese detalle”, se dijo. Lo haría poco a poco respondiendo a las dedicatorias que él le escribiría en sus cuentos venideros. ¿Cuántos más querrá escribirme? Tal vez en alguno me diga, “para usted a quien deseo con locura”, o aún más descarado, “para ti, para que lo leas despojada de tus ropas mientras no dudas de que he sido yo el que mejor te ha amado”.

Desnuda, así lo leería, pero él no necesitaría ser tan explícito, “el calor emanando de sus líneas me obligaría a despojarme de la ropa”, eso se dijo y se dijo también casi en voz alta: “esperaré a que mi marido se marche y me reportaré enferma para así disfrutar del cuento ‘Academia’ desnuda, ‘Academia’ descarada. Tendría que ser eso sí, un ‘nuevo Academia, porque este cuento distinto sería más decidor y explícito, como que mostraría a la profesora de baile –yo misma– más deseosa, más desenfadada. Nada de “los hombres son todos unos canallas”, canalla seré yo misma e instruiré a mi estudiante en las artes más perversas de la danza.

Vaya hombre tímido, se dijo, vaya el que bajaba la vista delante de la mía. “No es un hombre tímido”, pensó, y pensó también en que escribir es un oficio de pocos y enviar un cuento a alguien puede ser un acto audaz. No es entonces un tímido, o lo es, es tal vez un ser virtual, quizá un virtuoso. ¿Cómo se ama a los virtuosos? ¿Deberé mostrarme desnuda para que él goce de mirarme? ¿Habré de ponerme de rodillas para que él disfrute a su antojo? ¿Acaso me obligará a enmudecer mientras él goza de mi boca humedecida, del contorno de mi boca? ¿Será capaz de convertirse en pájaro pardo gozando de mis labios esclavos de sus deseos, de todos ellos, de los más perversos? Un canalla, eso es él, o quizá no, ¿le importará que esté casada? ¿Se casan también los canallas? ¿Se casan los virtuosos?

Y así, sin dejar de soñarlo, ella que más que mujer es “mujer casada”, quiso ser también virtuosa y aunque habría preferido responderle con un cuento de ella misma y con una última frase sutil como "pensé en no dejar pasar estas palabras y compartirlas", cambió brusco de idea y dedos al teclado escribió valiente invitándolo a que se juntaran. Claramente le dijo en su nota que deseaba convertirse en su amante. Vaya escándalo, si las profesoras intrusas se hubieran enterado le habrían dicho: "¿cómo puedes ser tan tonta?", tal como le decían su hermana y sus amigas a la muchacha que amaba al muchacho en “Academia”, ese cuento compuesto por unos pocos renglones pero que habían sido suficientes para romperle su paz. “¿Puede acaso una decente directora de escuela desear algo más que su tranquilidad de años?”.

Y borró el mensaje. No quería borrarlo pero lo borró. Lo borró sin embargo lo rehizo, lo rehizo tan parecido al original como pudo, aunque lo borró otra vez. Lo borró pero lo re escribió tantas veces como las veces que había tenido que borrarlo y, cuando comprobó con horror que lo sabía de memoria, lo quiso borrar una vez más pero esta vez lo haría de manera definitiva. Cerró los ojos para eso y presionó la tecla “delete” hasta que nada quedó de su valentía desplegada en la pantalla. El cursor parpadeando se convirtió en testigo de ese acto suyo de plena purificación.

Purificación. Así ocurrió. De aquí en adelante, a pesar de que madame, la directora, se ha repetido mil veces que estuvo bien no contestar ese mensaje impertinente, después de casi dos años todavía revisa su correo y al no encontrar un cuento para ella se pregunta qué estará escribiendo ahora el canalla y a quién se lo estará enviando, además, cuando su marido la invita para amarse, ella en los mejores momentos juega y confunde sus imágenes y le parece que en vez de ése que paga por sus cuentas, quien la traspasa es el muchacho tímido aprendiz de tanguero, o ese tímido virtuoso pájaro humedecido que irrumpió una mañana en su correo electrónico con aquel maldito cuento.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“En respuesta a Academia”, aparece en el libro "Un lápiz de pasta marca BIC, y otras aventuras subterráneas"(M.Faunes, Cuarto Propio, 2013)..


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