Influencia de la cultura altiplánica en el Chile de los 60s Y 70s

El trabajo que esta noche les presento, no es el de un historiador formal, tampoco el de un erudito latinoamericanista, pero sí el de un escritor, por ende, un historiador informal de su contemporaneidad. Dicho esto, quien les habla, es más bien alguien que, durante la década del 60s y del 70s, observó con ojos de asombro, cómo en Chile recibíamos otros saberes que venían de Europa, de la América del Norte y las Antillas, pero también de la América del sur, la madre tierra nuestra. A mí lo que me impresionó con más fuerza fue aquello venido del norte cercano. Eran saberes que nos enviaba una civilización de mujeres y hombres de serranías. Tierras altas de personas que no estaban muy presentes en nuestra conciencia o lo estaban de manera muy limitada, tal vez sólo de una manera lejana. Es que nosotros habitábamos en un país aislado por una alta cordillera y una mar inmensa. Un territorio estrecho que nos obligaba a ser costeños; aunque una cultura altiplánica sí existía en realidad en nuestro norte, pero nosotros casi la desconocíamos.

De niño al final de los cincuenta, mi madre profesora normalista, de aquellas que enseñaban a escribir a los pequeños, me permitió leer… en realidad ella no me permitió nada, yo simplemente tomé un libro que ella había terminado. En ese libro me enteré que un hombre poderoso, enceguecido por la riqueza y ebrio de maldad, expulsaba de una tierra que se había apropiado, a los dueños ancestrales de ella con una frase cruel que no pudo dejar de impactarme “el mundo es ancho”. Y aquellos despojados que tuvieron que partir en una hégira sin destino, fueron descubriendo que el mundo sí era ancho, tan ancho como la puerta que debieron cruzar para alejarse de esas tierras dueñas de sus raíces, pero fueron descubriendo también que es mundo al que eran arrojados, era verdaderamente ancho, pero desafortunadamente ajeno.

"El mundo es ancho y ajeno", escrito por Ciro Alegría, peruano oriundo de las tierras altas del norte que vivía su exilio en Chile, hablaba de una realidad que para nosotros supuestamente no existía. Se decía y por qué no habíamos de creerlo, que Chile era un país de civilización unitaria y se decía también que nuestros pueblos originarios se habían mezclado rápidamente con los españoles. Nuestro mestizaje era entonces de larga data. No existía supuestamente personas de etnias autóctonas que pudieran estar en sufrimiento. Es que poco y nada se decía del pueblo Mapuche, ni del Hulliche, ni del Lavquenche, ni del Tehuelche, ni del Pehuenche, ni del Picunche; tampoco del pueblo Aimara, que estaba muy al norte. Nunca se hablaba tampoco de un infeliz venido de Europa para asentarse en el extremo sur de nuestro país, quien solía a cazar Selknam como quien caza conejos o liebres. Selknam son, o eran nuestra gente original de la Patagonia, porque esos “cazadores” en la práctica los extinguieron.

En Chile el mundo también era ajeno, mi generación lo fue entendiendo. Nuestro Chile era ajeno y no era cierto que su institucionalidad fuera tan majestuosa como se decía. Habíamos tenido golpes de Estado y cuartelazos, sin embargo, poco y nada de eso se hablaba. No obstante, habían pasado varias décadas en que al menos en nuestro Chile del centro se respiraba bastante libertad, y si bien se percibía que el mundo era ajeno, sabiendo nosotros que no éramos ricos era claro también que sin embargo éramos al menos bastante felices. Un asilo contra la opresión, decíamos, y Alegría de nombre Ciro, era un asilado, había publicado su “El mundo es ancho y ajeno” en una imprenta de Santiago, el lugar donde vino a vivir su exilio, todos los exilios son angustiosos. Ése era el libro que pude leer después de que mi madre lo hubo terminado, y donde supe de egoísmos e infortunios, y de gente de las tierras altas para quienes no había justicia. Crecido después, alumno de liceo, sabría de un tal Inmanuel Kant que decía: "La más grande y repetida forma de miseria e infelicidad a que están expuestos los seres humanos consiste en la injusticia, más aún que la desgracia”.

Y supe que ésos despojados de su tierra que en un acto supremo de injusticia eran así lanzados a lo ancho del mundo ajeno. Eran un pueblo noble perteneciente a una civilización milenaria que los muchachos de Chile percibíamos más bien como un vestigio del pasado. Pero eso no era así, o tal vez lo era, pero como sobrevivencia tras el genocidio del conquistador. Aún, así, ahí estaba y luchaba por seguir estando. Persistía estoico en un mundo ancho y ajeno.

Tal vez esa visión que teníamos de civilización no viviente o quizá desperdigada, se debía en alguna medida Pablo Neruda nuestro vate, quien, en la década del cuarenta, describió a Machu Picchu como un lugar sólo de piedras sin personas. Y eso lo dijo con seguridad, sin intención que ello fuera tomado de manera literal, y nos lo dijo en una armonía de contrapuntos:

ALTURAS DE MACHU PICCHU (trozo) – Recitado por Martín Faunes Amigo.


Águila sideral, viña de bruma.
Bastión perdido, cimitarra ciega.
Cinturón estrellado, pan solemne.
Escala torrencial, párpado inmenso.
Túnica triangular, polen de piedra.
Lámpara de granito, pan de piedra.
Serpiente mineral, rosa de piedra.
Nave enterrada, manantial de piedra.
Caballo de la luna, luz de piedra.
Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?
A través del confuso esplendor,
a través de la noche de piedra, déjame hundir la mano
y deja que en mí palpite como un ave mil años prisionera el viejo corazón del olvidado!
Déjame olvidar hoy esta dicha que es más ancha que el mar
porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas,
y hay que caer en él como en un pozo, para salir del fondo con un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas.

Estoy convencido que esto explica bastante bien lo que creíamos: una civilización de la que sólo quedaba desolación, pero nos muestra también que la influencia altiplánica en nuestros creadores no se limita a los 60s y los 70s, y es claro también que esa influencia venía de atrás, muy de atrás, desde mucho antes de que apareciera el invasor español. Desafortunadamente es a partir de las décadas del 60 y es70 sobre las qué en mi caso puedo dar fe.

Daré fe entonces. Un día, poco después de la mitad de los 60s, fui invitado a la fiesta de una escuela de mi barrio santiaguino de Ñuñoa. Subieron al escenario un grupo de muchachos más grandes para entonces desconocidos que cantarían con bombos y guitarras. Había mucho público en ese acto, pero esa gente que estaba ahí, no había venido precisamente para escucharlos a ellos. La razón que los traía era que se premiaría a las buenas y buenos estudiantes. Se trataba entonces de abuelos y padres que venían con la esperanza de que sus retoños resultaran agraciados. Y los muchachos de que hablo, tras esa larga apreciación subieron por fin al escenario a brindarnos su canto, y ese canto que nos regalaron era cargado con fuerza a los tonos menores, y como ello sobrecogía.

Nosotros en Chile teníamos para entonces la cueca que es en tonos mayores y con poética muy festiva. Teníamos también a la tonada que suele estar en menor, pero habla de paisajes y poco de la gente, y si llega a involucrarse en algún conflicto humano, éste tendrá que ver generalmente con celos o con el amor de parejas. Pero lo que los muchachos cantaban era en menor y hablaba de la gente y de temáticas y conflictos más importantes. No digo que el amor de pareja no sea importante, pero sí digo que cuando a las personas las expulsan de sus tierras eso viene a resultar en algo mucho más importante.

Volviendo a esos muchachos que hoy recuerdo, algo podía reconocer en lo que cantaban, me sonaba a cierta música que escuchábamos captada por las noches de los veranos en el Valle de Elqui desde emisoras que transmitían de Arequipa, Tacna, Tucumán o Cochabamba. Se parecía, cierto, pero no era lo que conocíamos de manera contundente como música peruana. No eran valsecitos como los de Chabuca, tampoco como lo que cantaban los Morochucos, ni tenían el toque negro que después conoceríamos con más propiedad con Susana Baca o Eva Ayllón. Esto era distinto. Insisto, era en tonos menores, hablaba de las personas y sus problemáticas, combinaba además el castellano con palabras en un idioma ancestral que ni yo ni mis amigos entendíamos.

Yo sabía qué era el altiplano, lo enseñaban en geografía y la geografía a mí me apasionaba. El altiplano de América del sur comprendía parte de Perú, parte de Bolivia, parte de Ecuador e incluso de Colombia, y también parte del norte de Chile y del noroeste argentino. Eso sabía, y sabía que la trama narrada en “El mundo es ancho y ajeno” ocurría en ese altiplano que compartíamos. Y en esa música en tonos menores que sobrecogía, había bombos, guitarras y flautas de caña de varios tipos y dimensiones, que cuando destacaban su sonido eran capaces de poner los pelos de punta.

Los muchachos tocaban también una especie de guitarra que parecían haber recortado y que sonaba con un timbre agudo. Un instrumento extraño que yo, como guitarrista quise averiguar qué era. Metí codos hasta llegar junto al escenario y permanecí esperando que el recital llegará a fin. Cuando eso se produjo me acerqué al que lo tocaba para preguntarle qué era eso tan extraño. “Es un charango”, respondió y me permitió sostenerlo. Pude darme entonces cuenta de que sus cuerdas eran dobles y que estaba construido sobre el caparazón de un animal que yo en zoología conocía como armadillo, pero el muchacho me aclaró que era un quirquincho.

RESCATE DE LA PALOMA - Folklore del altiplano. Cantada por M.F.A. y acompañada con quena por Jesús Colque, un quenista peruano conocido ahí mismo nomás.

A mi palomita se la han robado
cuatro forasteros,
a ver si puedo rescatarla
con cuatro rifleros.
Fuerza sí, fuerza no,
Kichakirillaway, vidita,
para la fuerza basto yo,
waway kanay kitay.
Charquita, káspita
con su chinita
Polonkoto, káspita,
con su chullita
Saima kitamo
tutuma llasketa
Y esa es la vidita.

Los muchachos que conocí aquella vez en esa escuela de la calle Santa Isabel de Ñuñoa a los pocos meses ya eran famosos, se llamaban Quilapayún. Pero no sólo ellos se hicieron famosos, surgieron otros grupos parecidos de manera casi simultánea y de calidad equivalente, como Inti-IIlimani. Además, artistas chilenos consagrados introdujeron rápidamente charangos y quenas en sus producciones y nuestra gran Violeta Parra, una de las pocas junto a Patricio Mans que se había atrevido a ir más allá de lo pastoril, apareció en la carátula de un disco tocando un charango. Más aún, grupos rockeros como Los Jaivas se atrevieron a introducir quenas y charangos mezclándolos con guitarras eléctricas construyendo así un fusión del rock con lo andino vigente hasta hoy sin que se avizore un término. Célebre es el concierto que Los Jaivas hicieron en Machu Picchu inspirado en los versos de "Alturas" de Pablo Neruda.

Para 1966, quenas, charangos y zampoñas ya estaban muy adentro en la cultura popular chilena, aunque no por eso hubieran sido aceptados por toda nuestra sociedad. Quienes los rechazaban eran sectores conservadores, y artistas pertenecientes o asociados de algún modo a ese segmento, donde se destacaban grupos musicales folclóricos con huasos ataviados con ropa, accesorios y discursos del tipo “dueños de fundo”. A ellos les molestaba que hubiera poemas y canciones que hablaran de peones de campo, de gente no castiza. “Música y arte de indios marginales”, decían, y la llamaban “basura indigenista”. Proclamaban que ese tipo de discurso y lo que arrastraba iba en contra de ser “alegres y positivos”, que era como debía comportarse la juventud verdaderamente chilena y patriota.

A pesar de eso, esa música ya estaba en todas partes, y se cantaba con ella su poética que no se desprendía de los conflictos de nosotros los humanos. Empezó a llamarse “Nueva Canción Chilena”. Como probando que el altiplánico no era exclusivo de Bolivia ni del Perú o Ecuador, como tampoco del norte chileno o argentino, el poema canción de Atahualpa Yupanqui Indiecito dormido estaba ahí enclavado e inserto entre nosotros y ya nadie tenía cómo extirparlo:

INDIECITO DORMIDO – Atahualpa Yupanqui. Cantada por M.F.A. y acompañada con quena por J.C.

Poncho de cuatro colores
Cuatro caminos quebrados
Y un solo sueño de cobre,
está el changuito soñando
Sueña que es tibia la nieve
Que son blandos los guijarros
Que el viento le cuenta cuentos
De pastores y rebaños
Indiecito dormido pa' acompañarte se duerme el río
Indiecito dormido junto a tu puerta pasa el camino
Pasa el camino, sí,
pasa el camino,
cuando por él te vayas ...
Chuy ! chuy ! qué frío !

Y ese indiecito que soñaba, acompañado por el río y por la nieve, bien podía ser hijo de una madre comunera de las desplazadas que después conociéramos en “Los ríos profundos” de Arguedas, o de una madre mapuche acorralada por el ejército chileno en la pacificación de la Araucanía, o de alguna madre calchaquí arrojada fuera de sus serranías tucumanas y santiagueñas y asesinada por el ejército argentino.

Y como quise siempre ir más allá, releí aquello de ese mundo ancho y ajeno y navegué por los ríos profundos de Arguedas. Además, en un mercado de cambalaches, me dieron un charango que ahí tenían sin cuerdas, yo les di a cambio una radio de velador que ya casi no servía. Me convertí así en charanguista, y canté de esas canciones en tonos menores con poética venida del altiplano mezclando el castellano con palabras en quechua que nunca entendí, pero que eran armoniosas y valía la pena echarlas más allá del viento.

Quise ir más lejos. Busqué por anaqueles y descubrí poemas que después tuve siempre presentes, con dedicatorias de José María Arguedas a personas de pueblos que parecían perdidos, pero como ya lo expresé, no lo estaban: A doña Cayetana, madre india, que me protegió con sus lágrimas y su ternura, cuando yo era niño huérfano alojado en una casa hostil y ajena. A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquioen en quienes sentí por vez primera, la fuerza y la esperanza.

A TUPAC AMARU – José María Arguedas. Recitado por M.F.A.

Tupac Amaru, hijo del Dios Serpiente;
hecho con la nieve del Salqantay;
tu sombra llega al profundo corazón como la sombra del dios montaña, sin cesar y sin límites.
Tus ojos de serpiente dios,
que brillaban como el cristalino de todas las águilas,
pudieron ver el porvenir, pudieron ver lejos.
Aquí estoy, fortalecido por tu sangre, no muerto, gritando todavía.
Estoy gritando, soy tu pueblo;
tú hiciste de nuevo mi alma;
mis lágrimas las hiciste de nuevo;
mi herida ordenaste que no se cerrara,
que doliera cada vez más.
Desde el día en que tú hablaste,
desde el tiempo en que luchaste con el acerado y sanguinario español,
desde el instante en que le escupiste a la cara;
desde cuando tu hirviente sangre se derramó sobre la hirviente tierra,
en mi corazón se apagó la paz y la resignación.
Está cantando el río está llorando la calandria,
está dando vueltas el viento;
día y noche la paja de la estepa vibra;
nuestro río sagrado está bramando;
en las crestas de nuestros Wamanis montañas,
en su dientes, la nieve gotea y brilla.

Gracias a estos saberes que nos venían del altiplano y lo andino, los jóvenes chilenos de los sesenta, nos interesamos por nuestros pueblos ancestrales y comenzamos a valorarlos mucho más, pero no sólo en esa suerte de recuerdo heroico y romántico que de ellos se hacía en las escuelas sobre su lucha de resistencia inclaudicable traída del poema épico La Araucana de Alonso de Ercilla. Hablo de ésa del pueblo mapuche en contra del conquistador español.

Quenas, charangos y zampoñas acompañaron las reivindicaciones campesinas, ésas donde un inquilinaje cercano a la servidumbre de la gleba se alzaba exigiendo fin al latifundio y una reforma agraria que les permitiera vivir con dignidad. Y cuando el ascenso de la llamada “cosa social” en nuestro país se hizo evidente, charangos y quenas iban en las primeras filas y en las primeras filas también de los estudiantes que luchaban por la reforma de las universidades, para que éstas fueran democratizadas y nadie con talento se quedara afuera por falta de dinero.

Rápidamente surgía además otro elemento que quizá nadie nunca predijo y se conserva intacto hasta ahora. Nosotros en Chile, empezamos a combinar la ropa que usábamos con prendas claramente altiplánicas. Ponchos, gorros de lana y chalecos decorados con figuras de llamas y alpacas, y rostros y figuras ancestrales. En los cuartos de nuestras compañeras había esteras y alfombras de cuero y piel, y cubrecamas hechos a telar. Pronto la valoración por nuestras etnias ancestrales nos hizo mezclar todo esto con calcetas sureñas traídas de Chiloé y ponchos mapuches, huilliches, lavquenches y tehuelches, costumbre que se conserva hasta hoy y que claramente perdurará.

Es que los jóvenes chilenos no queríamos seguir siendo aquello que nuestros padres y abuelos decían con orgullo “somos los ingleses de Latinoamérica”. En realidad nunca lo habíamos sido. Éramos hijos de un país aislado construido en el territorio de una civilización que había sido avasallada por el conquistador europeo. “Ingleses de Latinoamérica”, ésa no era sino una aspiración y una creencia chauvinista que nada tenía que ver con la naturaleza de nuestro pueblo.

La influencia altiplánica en la cultura chilena, estaba absolutamente arraigada, y la música que se componía, así como la poesía que ésta involucraba, se nutría de géneros musicales de todo Latinoamérica, pero nunca faltaba allí el timbre del altiplano. Y entonces a Chile lo golpearon con un cuartelazo dado por un puñado de generales, y que como en Fahrenheit 451, hizo hogueras con miles de libros que consideraron subversivos y con otros que no los entendían y les eran por lo tanto sospechosos. Allí debió arder “El mundo es ancho y ajeno”, “Los ríos profundos”, “Yawar Fiesta”, “Todas las sangres”, “La serpiente de oro”, “Los perros hambrientos”, “Redoble por Rancas” de Manuel Scorza, “Los de abajo” de Mariano Azuela, los libros de nuestro Neruda y Gabriela Mistral, los de Juan Rulfo y los de nuestro Manuel Rojas. Pero también otros, muchos otros.

En esas hogueras echaron a arder todas las quenas, las zampoñas y los charangos que encontraron, y apresaron a sus dueños, hablo de los dueños de los libros y los que cantaban y tocaban esos instrumentos supuestamente ajenos a la chilenidad e influenciados por países que el día menos pensado intentarían invadirnos. Así decían, y decían que iban a combatir tanto al enemigo interno como al externo. Los internos éramos nosotros, los charanguistas.

Víctor Jara era uno de ésos que acompañaba su canto con charangos y quenas. Él fue apresado al día siguiente del golpe en la Universidad de Santiago de Chile, que entonces se llamaba Universidad Técnica del Estado. Durante los días siguientes, Víctor Jara, docente de nuestra universidad, fue asesinado tras horribles suplicios y arrojado por ahí, en un basurero. Se dice que le pasaron un charango y le dijeron “canta ahora”, y mientras cantaba lo balearon.

PLEGARIA DEL LABRADOR – Víctor Jara. Cantada por M.F.A. y acompañada con quena por J.C.

Levántate y mira la montaña
de donde viene el viento, el sol y el agua.
Tú que manejas el curso de los ríos,
tú que sembraste el vuelo de tu alma.
Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre
hoy es el tiempo que puede ser mañana.
Líbranos de aquel que nos domina
en la miseria.
Tráenos tu reino de justicia
e igualdad.
Sopla como el viento la flor de la quebrada.
Limpia como el fuego el cañón de mi fusil.
Hágase por fin tu voluntad aquí en la tierra.
Danos tu fuerza y tu valor al combatir.
Sopla como el viento la flor de la quebrada.
Limpia como el fuego el cañón de mi fusil.
Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Quenas, zampoñas y charangos proscritos por una dictadura infame y supinamente ridícula. Sin embargo, aquellos instrumentos de la rebeldía resistieron y hoy están tan arraigados entre nosotros que los nuevos chilenos nacidos durante el Siglo XXI, ignorando el origen altiplánico, los consideran “instrumentos nativos”. Pero no se equivocan tanto, charangos y quenas estuvieron también desde siempre en el altiplano nuestro del norte, y de haya han venido hasta nosotros los del sur. No quiere decir esto que estemos desconociendo su origen, y siempre agradeceremos a quienes los crearon: músicos y artesanos de serranías de aún más al norte. Pienso a veces que si vinieron hasta nosotros los del sur fue tal vez para decirnos que esta región que compartimos no debiera ser de unos ni de otros, sino de nosotros, de vosotros, de ellas y de ellos. En otras palabras, de todos. Qué bello sería un solo país latinoamericano. Un solo país donde se respete nuestras diversidades, un solo país hermoso, un país de hermanos, ¿no era ése acaso el sueño de los libertadores? Un solo país, pero nada ajeno, un país con un corazón inmenso de ancho.

¡Subamos a nacer queridos hermanos!

MARTÍN FAUNES AMIGO, Lima, julio, 2015. © Derechos Reservados, 2016.


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