Luna llena del Valle del Elqui

“Para mi madre, mujer de avanzada”

Mi madre pintaba caballos errantes, cada día más errantes, además de a enseñar solo a eso se dedicaba. Hoy pienso que sería tal vez porque jamás logró anclar a mi padre. Sin embargo el verano de mil novecientos cincuenta y siete se estaba terminando y ella quiso hacer un alto en sus pinturas para llevarnos a Rivadavia, un pueblito donde dos ríos se juntaban y el tren Elquino tenía su última parada. En aquel punto perdido entre los cerros le prestaron un vagón de ferrocarriles convertido en vivienda, tal era el lugar donde vivía la maestra de la escuela del pueblo, una de sus antiguas compañeras de la Escuela Normal de Santiago. A esa singular casa con ruedas estacionada en un andén abandonado llegamos una noche en el tren con mis hermanos y mi madre a disfrutar del sol y del viento.

Yo sé que todos saben de lo amable que es la gente que vive en ese valle pero ojalá hubieran visto cómo eran entonces, se habrían maravillado de los canastos con frutas que nos trajeron de regalo sin esperar nada a cambio. “Para la profesora de La Serena”, decían. Higos, uva rosada, duraznos. A mí el regalo que más me entusiasmó fue la sonrisa de la niña que con su madre y su hermano vinieron a golpearnos la puerta en la mañana tras la emoción de pasar la primera noche en la casa–carro. Bella la sonrisa de la niña que nos contemplaba curiosa mientras su madre entregaba a la nuestra cinco panes amasados y huevos frescos “para alegrar el desayuno de los chiquillos”.

–Me llamo Antonieta –nos dijo la niña sin que se lo hubiéramos preguntado –y éste es Jorge –agregó, refiriéndose a su hermano menor, después agregó orgullosa mostrándonos las instalaciones de lo que era la estación de trenes de Rivadavia –mi papá es el jefe de todo esto que se ve.

Y claro que era para estar orgullosa si parecía que la estación de trenes era por lejos lo más importante de Rivadavia. Más incluso que las pozas del Río Claro, la plaza, la iglesia y la propia escuela.

Es cierto que su hermano acaparó nuestro interés debido a una honda de fierro extraordinaria que portaba y que por culpa de eso dejamos a la niña sola para bajar del carro corriendo a hacerle puntería a rieles y durmientes. Eso es cierto, pero no sería siempre así, sin embargo fue como ocurrió ese primer día y reconozco también que en losdías posteriores no hubo grandes cambios. La divisaba apenas jugando por ahí con sus amigas y aunque a veces nosotros con Jorge jugábamos a perseguirlas, la mayor parte del tiempo la pasábamos solos en las pozas del río o girando en la torna mesa monstruosa donde cambiaban la dirección a la locomotora. Por las noches la diversión estaba a la llegada del tren donde nuestra tarea preferida era subir sobre corriendo al último carro o esperar y poner monedas en la línea que se aplanaban tras el paso de las ruedas aceradas. En realidad todo Rivadavia se congregaba en la estación para ver la llegada del Tren Elquino y a quienes vendrían en él. Después el convoy permanecía anclado, largo monstruo dormitando.

Transcurrían así lentos los días al final de ese verano correteando entre rieles y durmientes, disputándonos también una yegua alazana llamada “paloma” y jugando fútbol en el patio de la escuela. Pero cuando llegó la fiesta de la chaya las cosas cambiaron. Es claro que para entonces yo nada sabía de la fiesta de la chaya ni del miércoles de ceniza, sin embargo empecé a entusiasmarme cuando en la noche de la víspera el pueblo entero se juntó en la estación para ver llegar a Los Mallares, un grupo musical que venía para cantar en la velada bufa, el acontecimiento más importante de la fiesta.–“Mallar” se llama ala palangana baja y amplia con que se lava la arena buscando pepitas de oro–respondió mi madre tras yo preguntarle qué significaba ese nombre extraño–“Mallares” serían entonces quienes lavan oro, o quizá los buscadores de oro, o los hombres de oro –agregó sin que yo se lo preguntara, tal vez por su deformación profesional de maestra.

Los músicos viajeros bajaron del tren con sus guitarras y ante los aplausos de la multitud, desde la propia pisadera del carro tuvieron que interpretarnos cuatro o cinco canciones. Por ese tiempo en las radios tocaban un vals que decía “alma, corazón y vida”,a mi madre le encantaba y lo solía tararear mientras pintaba esos caballos sin monturas y sin riendas, rebeldes, errantes.

Los Mallares tras las primeras piezas ofrecieron cantar algo “a pedido de las damas” y todas las presentes empezaron a decir nombres de mil canciones, incluidas Antonieta y sus amigas. Mi madre, la profesora santiaguina de La Serena, me pidió con la voz suave que tenía que le pidiera que cantaran para ella su canción favorita. Me abrí paso entre la multitud hasta llegar junto a los músicos.

–Cántenle a mi mamá, “Alma, corazón y vida” –les pedí, tras hacer esfuerzos por permanecer junto a ellos a pesar de la presión de la demás gente.–No la sabemos, chiquillo –replicó agrio uno de ellos, pero el que parecía dirigirlos me preguntó cuál era mi madre. Yo se la indiqué mientras ella entre la muchedumbre sonreía. Se veía linda mi mamá en medio de la gente y fue mágico, pareció como si esas personas se hubieran hecho todas a un lado para que ella se destacara y destacara así su sonrisa y el brillo de sus ojos. Tras verla el Mallar simpático impuso la canción a sus compañeros.

–Son tres acordes en menor –les dijo –síganme.

Y cantaron así para mi madre Los Mallares esa noche desde la pisadera del tren Elquino en Rivadavia. Cantaron Los Mallares bajo la luna brillante y mi madre fue la que más los aplaudió.

Al día siguiente preguntamos a Antonieta de qué se trataba la fiesta de la chaya y la tal velada bufa, ella nos contó entusiasmada que la gente bailaba en la plaza y se lanzaba papel picado y serpentina. La verdad fue que no compartimos mucho su entusiasmo, es más, para no mentir olvidamos todo lo que nos dijo para continuar en nuestra rutina de montar la yegua y bañarnos en los remansos del Río Claro.

No vimos a las muchachas durante el resto del día y si bien reconozco que no me importó verlas o no verlas, fue diferente cuando a la hora de la fiesta salieron de la casa del jefe de estación a la plazoleta frente a los andenes. Para entonces los alto parlantes ya echaban afuera música a potencia y ellas eran cinco muchachas, cinco palomas. Cinco palomas y Antonieta en medio era mariposa. Antonieta y su vestido floreado, Antonieta y su cintura fina, Antonieta que hasta ayer correteaba con nosotros entre los durmientes pero hoy tan suave y frágil, insisto, mariposa. No había papel picado ni serpentina pero sí una buganvilia en flor junto a la entrada de la escuela que nos regaló sus pétalos tras zamarrear la duro y castigar sus ramas con coligües. El pétalo morado recogimos a montones para lanzarlo a las chiquillas. Yo en particular a Antonieta a quien, sin saber por qué, perseguí porque se escapaba dando vueltas por la plaza. Corrí tras ella hasta que pude atraparla. Rodeé entonces su cintura con mis brazos y a toda voz le dije “ahora eres mía, mariposa”. La gente alrededor escuchó lo que decía, pero a mí qué me importaba, ni a mí ni a Antonieta cuyos cabellos lucían ahora cubiertos de pétalos rojo oscuros de buganvilia.

Antonieta luchó durante toda la fiesta por soltarse pero una extraña fiebre me obligó a correr tras ella una y otra vez para una y otra vez atraparla. Fue mía toda esa noche en que la obligué a estar conmigo, cuestión que ella aceptó a medias aunque contenta. Y con ella a mi lado por voluntad aunque también obligada, aspiré el perfume que le había sacado a su madre y palpé mil veces su pollera de percala florida. Recorrí también una y mil veces su cintura que cuando la atrapaba se doblegaba en el sentido que yo quisiera darle.

Pasamos toda esa noche juntos persiguiéndonos y ni siquiera nos preocupamos de escuchar a Los Mallares, no vimos tampoco el teatro de títeres que presentaba Don Everto, un anciano casi sordo que con su nieta Fita eran capaces de representar a más de cuarenta personajes. No los vimos a ellos, como lo había planificado, como no vimos tampoco a nadie y qué podía importarnos.

Fue mía toda esa noche porque su cintura hizo todo lo que yo le pedía que hiciese, y más tarde, con ocho años en mi camastro de la casa–tren, tuve el sueño insensato de irme a vivir bajo sus polleras sin saber por qué ni para qué, pero eso sí con la convicción de que mi única obligación en este mundo sería complacerla y para siempre acariciarla. Hacía calor esa noche en la casa–carro o tal vez la sensación del contacto con Antonieta me mantenía así con fiebre. Me levanté no una sino diez veces para tomar veinte o treinta vasos de agua y más agua. En la última de ellas atiné a asomarme por la ventanilla y vi que mi madre se abrazaba con el Mallar simpático recostada sobre la pisadera de la casa-carro. Ellos no me vieron pero yo a ellos sí, sobre todo a mi madre: un rayo de luna sonriente le daba en el rostro mientras ella sonreía a su vez radiante porque el Mallar que le cantara, su hombre de oro, luchaba por levantarle la falda.

Al día siguiente no recordaba absolutamente nada y no miento si lo digo, aunque los pétalos de buganvilia los tuviera por miles entre la ropa y el cabello. Nada recordaba ni recordaré, ni siquiera porque asomado a la ventana la luna elquina pendía aún sobre los cerros pálida por la claridad del alba sin embargo aún con la sonrisa que durante la noche mi madre le arrancara. Como ocurre siempre y continuará ocurriendo en la magia de los trenes, la noche había partido llevándose la sorpresa de aquella casa con ruedas anclada en la estación de Rivadavia.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Luna llena del Valle de Elqui”, aparece en el libro "Un lápiz de pasta marca BIC y otras aventuras subterráneas" (M.Faunes, Cuarto Propio, 2013), pero es en realidad un trozo de la novela inédita "Travesía nocturna en el tren de la esperanza".
En la ilustración, de izquierda a derecha: mi hermano Ricardo, alias "el conejo", mi madre y yo. Estamos en la poza chica del Río Claro, Rivadavia.


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