ÑIÑA DE MANO

Para la abuela Ester, para Ricardo y, por supuesto, para Juan Ricardo

“De haber estado el muchacho, con su ayuda habría resultado todo diferente”. Ernest Heminway, El viejo y el mar.

Vuelvo a los quince o a los catorce y descubro en mi cabeza tanta valentía, hambre justiciera. Vuelvo a los quince o a los catorce y regreso también a la visión que me dejó o a la que yo mismo quise me dejara. No tengo que hacer esfuerzos, ni siquiera concentrarme. Ella dijo apenas que su casa estaba en Las Rejas, un barrio nuevo de Santiago, y lo dijo abriendo y cerrando los ojos en un bailecito de pestañas, así como tímida, así como bella, así como turbada. No puedo decir cuán tímida era la niña o cuánto estaba de turbada, pero sí que era bella, en realidad lo era. No muy alta pero armónica, talle fino, tez muy blanca. "Vivo en Las Rejas", dijo, y agregó, "trabajaré un año o dos con su abuela para juntar dinero y continuar estudiando". Y yo la imaginé linda como era, jugueteando en los jardines de una casa con rejas recién pintadas, toda una hilera de ellas y la suya en medio competiendo por ganar el concurso de la casa con el jardín mejor cuidado, el con la reja más perfecta.

"Vivo en Las Rejas", dijo, "en Población Las Rejas". Yo no conocía ese barrio de ensueño y hoy no quisiera conocerlo, me condenaría si con ello rompo el embrujo de sus ojos que bailaban mientras lo iba describiendo.

A ese embrujo vuelvo entonces y a la visión que me dejó, y en medio de ese embrujo la recuerdo abriéndonos la puerta a mí y a mi hermano aquella vez que decidimos pasar el verano donde nuestra abuela en Llo-lleo. Un enorme caserón estilo inglés con huertos y terrazas e incluso familia de cuidadores: la Nena, el José y sus cinco chiquillos correteando. La Nena cuidaba el caserón en los inviernos y, cuando nuestra abuela que tenía marcados aires de marquesa volvía a comienzos del verano, hacía de cocinera mientras los chiquillos recogían chirimoyas y papayas y le acomodaban a "su señoría" la hamaca. Completaba la servidumbre el José, disfrazado de curioso mayordomo de camisa almidonada y siempre con el mismo par de zapatos de contrafuerte aplastado.

–Y qué haces tú con mi abuela entonces –le pregunté, porque no imaginé un lugar para ella entre la servidumbre, ella respondió que era "la niña de mano". Niña de mano por un año o por dos y después de vuelta a su casa y a su colegio, hermoso también, con rejas y jardín e inclusive campanario. Así lo imaginó un provinciano justiciero y poeta y es como deseo continuar imaginándolo, e imaginé también alguna pequeña tragedia que la habría forzado a buscar la manera de ayudar a sus padres y a ganarse el sustento, sin embargo nada pregunté, por respeto. Pero eso hacía ella entonces y era lo que importaba: atendía a mi abuela, lavaba su ropa y ordenaba su cama, pasaba virutilla, enceraba y todo eso para juntar dinero y continuar con sus estudios.

Nos quedamos observándola con mi hermano, el drama se desencadenó de inmediato: me había enamorado, estaba claro. Me había enamorado pero mi hermano no, él nada tuvo que ver en este entuerto, solo participó como espectador cuando dije en público que la niña me gustaba y lo decía sin complejos.

–¿Cómo te va a gustar ésa...? –replicó nuestro primo Juan Ricardo, que se la pasaba donde la abuela en calidad de mocoso mal criado. Y claro, a los quince uno está lleno de ideas que no sabría cómo llamarlas, me doy cuenta ahora que lo veo desde lejos pero entonces para mí las niñas decentes eran decentes y cuál más decente que una cuya casa tenía rejas maravillosas y trabajaba para proseguir sus estudios. Sobre todo si era clara, menuda y de cabellos negros, modelo de candor, modelo de decencia. Cuál más decente que una cuyos ojos bailaban al conversarle.

–Me gusta ¿y qué? –Repliqué iracundo. Y el mocoso se burló con la mentira más infame –¿cómo te va a gustar ésa, que se viene a mi dormitorio y me hace de lo que a mí me da la gana?

–¡Es una niña decente! –¡Es una puta!

–¡Es una niña decente! –¡Es una puta!

Y ahí van revolcándose en el suelo, primo chaqueta azul paño de oveja y este provinciano pantalones de mezclilla despintados. Arrastramos sillas, botamos el paragüero, quebramos los vasos apilados en el trinche. Golpes van, golpes vienen, patadas, puñetes, y mi hermano en medio tratando de separarnos. Se llevó golpes él también y no lo consiguió, la pelea solo la detuvo la abuela con la ayuda del José, pero sobre todo con la escoba y un balde de agua con que los hijos de la Nena lavaban la terraza. Brava mi abuela, la marquesa. Nos mandó a cada uno a su cuarto sin derecho a cena, aunque al mocoso mal criado le fue levantado el castigo bastante antes. Qué importaba: diez horas desde La Serena y cuatro desde Santiago, me hacía bien el encierro, además ya era de noche y mi buen hermano me llevó de todo lo que encontró por ahí para leer. Me dieron las dos de la mañana soñando con ese pez que arrebataba las alimañas al viejo en el mar. Pobre del viejo, y el niño que le ayudaba en sus faenas de pesca no estaba esa vez para ayudarle. Los tiburones se daban el festín y echaban por tierra sus proyectos, su última esperanza. No estaba ese niño que ayudaba al viejo en su faena pero ella sí. Toda la casa dormía, sin embargo la niña apareció en la puerta de mi cuarto sosteniendo una bandeja con un tazón de café y pan amasado con mantequilla derritiéndose.

–Se lo traje porque pensé que tendría hambre –me dijo con sus ojos bailando, y yo jugué a imaginar que lo decía en el jardín de su casa después de que hubiéramos hecho las tareas. Le habría ayudado con unas ecuaciones, las matemáticas es lo que más cuesta a las mujeres, así que "Equis igual Be, más raíz de cuatro A por Ce, y divido por esto y por lo otro…". Y te puedo explicar cómo se despeja la Equis sin que vayas a equivocarte.

Se lo enseñaba todo bien y claro, porque ella no conocía esa materia y no le resultaba fácil pese a ser mayor que yo por un par de años, o tal vez tres, no sé, no podía saberlo, pero sí sabía que en aquella tarde de jardín ella me premiaba por ayudarla en sus estudios con café con leche y pan amasado en una mesita con quitasol que tenían en su casa maravillosa del barrio Las Rejas.

–Es del pan que hace la Nena –me dijo, devolviéndome brusco a esa noche de Llo-lleo, y lo dijo abriendo y cerrando los ojos, de prudente, de tímida, o quizá de respetuosa, quién podía saberlo, además, un chispeo en sus pupilas me hizo olvidar al gran pez y a los tiburones y también al viejo del mar y a los gringos de La Habana. Bebí el café con leche que me ofrecía gentil y no me detuve con el pan hasta no haber engullido el último pedazo.

Ella dijo entonces –gracias por defenderme.

–¿Por defenderte?

–Sí, por defenderme, porque estaban hablando mal de mí, ¿no? ¿Por eso fue que se pelearon?

Nada pude decir, solo asentí mientras sus ojos bailaban y bailaban. Asentí con un cierto grado de orgullo que no niego aunque mezclado con algo de vergüenza. Ella entonces repuso –¿no quieres que te haga algo de lo que me hace hacerle Juan Ricardo?

No supe qué decir ni qué pensar. Para mí ella era una muchacha tímida de diecisiete o dieciocho que trabajaba de niña de mano donde mi abuela porque tenía que costearse sus estudios, modelo de decencia, modelo de ternura, modelo era también su hogar, su casa con rejas pintadas, rostro pálido, ojos bailando: una niña decente para amar. ¿Qué podía contestarle? No me salió palabra alguna. No era cierto. Nada era cierto, "perversión de las clases dominantes", me dije. Repito, uno está lleno de estereotipos, de imágenes tan falsas.

–Tú eres una niña decente –le dije, y se lo dije así nomás, con la voz enronquecida que eché afuera cuando al fin pude sacar la palabra. Ella se sonrojó o me pareció que se sonrojaba, o no sé, lo cierto es que se dio media vuelta y abandonó la habitación. Yo no me atreví a llamarla para que volviera. Hoy todavía me arrepiento.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Niña de mano”, fue incluido en el suplemento "Lecturas de verano" del desaparecido diario La Nación. Este cuento aparece además en los libros "Tranvía equivocado" (M.Faunes, Cuarto Propio, 1993) y en "Un lápiz de pasta marca BIC, y otras aventuras subterráneas"(M.Faunes, Cuarto Propio, 2013).
La ilustración es una obra de Pablo Picasso


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