Más allá de las rocas negras

“Para La profesora Marta Ugarte”

AMANECÍA LA VEZ que deambulando por donde la arena se torna acuosa, tomé sin proponérmelo, rumbo a la punta de la playa donde está ese roquerío que algún ángel caprichoso pintó de negro. Amanecía, pero el sol no lograba mostrarse todavía o tal vez estaba ahí, oblicuo sobre los cerros, pero la bruma espesa lo ocultaba mostrándolo nebuloso. Madrugada sin sol era entonces ésa, y casi tropiezo con el falucho que se hunde en la arena y mientras prolonga esa agonía interminable, adorna la playa con el nombre sabroso “barcarola de Los Molles”. “Cada año está más roto”, me dije, “cada día más triste”, después noté con pena que por cada temporada pierde nuevos tablones y su casco es tragado por esa misma arena acuosa por donde yo también me hundía con los ojos casi cerrados como los llevaba para resistir a la llovizna que se venía en mi contra. Y aquí voy, mi andar se hace penoso. Camino casi a ciegas y me gusta. Me gusta jugar a creer que soy realmente ciego y que nada sé y que tampoco nada he visto ni he sabido. Camino así, minotauro no vidente conducido acaso por una muchacha de paloma en la mano, aunque en la mañana sombría de que hablo no había tal muchacha lazarilla y no hay quien pueda guiarme, tropiezo por eso con una roca que me hiere el pie descalzo. Duele el rasguño que me yo mismo me he provocado, duele cierto, sin embargo una ola que ha subido algo más por la arena, me ha alcanzado aliviándome el ardor.

Arde el agua salada en la piel herida y eso me obliga a abrir los ojos. Me doy cuenta así de que mi marcha, aunque pausada, me ha llevado más allá de las rocas pintadas por el ángel caprichoso. Es allí donde se separa nuestra playa de esa otra que llaman “La Ballena”, un sector más fuerte donde las corrientes se desnudan con las olas y hacen a esa arena por donde voy mucho más acuosa y movediza.

Cierro de nuevo los ojos porque deseo continuar así sin ver entre la niebla, y deseo también que la garúa y el mar congelado de septiembre me salpique y me cure de los daños que, ciego como voy, pueda inferirme en la marcha. Sin embargo un impulso que siento por revisar a otra roca más que me ha herido, es que es una roca que no parece tal y hace que me detenga; y así, sin cejar la fuerza con que mis ojos están apagados, me arrodillo y mis dedos recorren un trozo de metal largo cubierto por el óxido.

La ceguera agudiza los sentidos, “pero no siempre”, me digo; aunque me digo también que sí en este caso; será por eso tal vez que no me cuesta reconocer al tacto que se trata de un trozo de riel de ferrocarriles. Es bastante evidente, lleva un canto redondeado y a lo largo dos anchos simétricos con cintura, además, al canto que supongo sería el de abajo se lo palpa plano; “es por donde se asientan los durmientes”, me digo mientras me pregunto qué hace medio metro de riel en la playa más allá de las rocas negras, qué hace semi enterrado en la arena acuosa, ¿acaso imita a la bartola, ballenero moribundo?

Voces que me alertan y me sacan del ensimismamiento, me obligan a abrir los ojos porque necesito saber quiénes son los que me dicen “compañero, no toque ese riel, que es del acero más noble y del más venerado”. Eso me dicen, y me lo dice un coro de niños que la llovizna impide que vea, no obstante los escucho y los siento cada vez más cerca; además, mis sentidos agudizados destacan para mí una voz principal más reluciente, voz de mujer hermosa.

Hago caso. Me levanto y mis manos quedan lejos del contacto con el metal enmohecido, pero ahora con mis ojos muy abiertos deseo ferviente encontrar con la vista a esa mujer cuya voz ha delatado su hermosura. Nada veo sin embargo, sólo bruma y rugido del mar, viento y garúa. Pero no, hay velas encendidas en este lugar donde el acaso me ha traído. Las portan muchachos y muchachas vestidas de blanco; caminan sobre la arena movediza y ahora este solitario que se aventuró ciego más allá de las rocas negras puede verlos. Son todos muchachos valientes, chiquillas hermosas. Son muy jóvenes para ir con velas y de tobillos hundidos por esa costa traicionera. Pero no están solos, los acompaña una mujer cuyo vestido blanco flamea entre sus piernas. Es la mujer de la voz hermosa, no creo equivocarme; trae también velas en las manos. Bonita la mujer, ¿será tal vez su profesora?

“A ese riel habían atado a Marta, pero la nobleza del acero no permitió que su cuerpo se perdiera”.

Así me dice, y yo que deseo saber quiénes son ellos y de dónde vienen, pero sobre todo qué hacen allí en ese amanecer brumoso, nada alcanzo a decirles ni a preguntarles, porque antes de que pueda siquiera balbucear, ella se desvanece junto a sus muchachos. Alumnos suyos que con ella se perdieron entre la niebla, mientras yo, ya no más ciego, concluyo que un homenaje era el que realizaban; cómo no, si una vela encendida llevaba ahora yo mismo tal vez entregada por ella o por alguno de sus muchachos.

Alcé entonces esa vela para purificarme y quizá, para que me oyeran los miles que no quisieron ver ni escuchar y que nada dijeron tampoco, con el puño izquierdo en alto dije para mí en un grito que hizo callar al fragor del oleaje: “¡Profesora Marta Ugarte!”. Una bandada de gaviotas respondió “¡Presente!”, y ese “presente” se fue repitiendo por la rada contestado tal vez por gente de mar, por lobos marinos, por gaviotas y alcatraces. Media hora más tarde, mientras la niebla se disipaba ese “presente” se repetía todavía y no bajaba su potencia pese a que se alejaba de las rocas negras y se iba lejos, más lejos, cruzando esa línea imaginaria donde las aguas se juntan con los cielos y las sirenas le cantan a los piratas para que las vayan a amar.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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"Más allá de las rocas negras", homenaje a la profesora Marta Ugarte, pertenece al libro "Aulas que permanecerán vacías", Martín Faunes amigo, Cuarto Propio, 2009.
La profesora Marta Ugarte Román, dirigente del Partido Comunista y miembro de su comité central en la clandestinidad, fue detenida por la DINA el 9 de agosto de 1976. Según testigos, permaneció recluida en el sector denominado “La Torre” de Villa Grimaldi, muriendo posteriormente a consecuencia de las torturas de que fue objeto. Su cadáver fue arrojado por sus captores al mar, aunque no obstante las precauciones que los asesinos tomaron para evitarlo, el 9 de septiembre de ese mismo año su cadáver apareció desnudo dentro de un saco amarrado con alambres. Según la autopsia, Marta sufrió en vida una luxo fractura de columna, traumatismo toráxico abdominal, fracturas costales múltiples, ruptura y estallido del hígado y del bazo, luxación de hombros y cadera, y una fractura doble en el antebrazo derecho.
Últimas noticias conocidas por dichos de los ex jerarcas de la DINA, hoy, recluidos, hablan de que Marta, tras todas las torturas, habría sido asesinada por ahorcamiento con alambre, con su cabeza cubierta por una bolsa plástica. Un método similar al que se habría ocupado con Víctor Díaz, su compañero en la dirigencia clandestina del P.C., quien era el padre de la ya legendaria dirigenta de la AFDD, Viviana Díaz. Estos asesinatos fueron cometidos en la casa de exterminio de calle Simón Bolívar 8800.


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