EL SEGUNDO PISO DEL BAR

“No caminho da oficina, existe um bar em cada esquina , pra você comemorar”.
Chico Buarque.
“De chiquilín te miraba de afuera, como a esas cosas que nunca se alcanzan...”.
Enrique Santos Discépolo.

YO SÉ QUE PARA LOS NIÑOS bares y fuentes de soda son lugares por decir lo menos, impropios. En mi caso esto era un hecho aún más significativo porque fui criado por padres profesores, personas por oficio alejadas de todo lo que lindara en lo oscuro o en lo sórdido.

El mundo de los bares era entonces para mí un planeta lejano, sin embargo, por circunstancias de explicación no sencilla, un día cualquiera de verano o de invierno, traspasando mis defensas, aquella sordidez pareció envolverme. Me refiero específicamente a ésa que emanaba desde aquel bar que había a la vuelta por Balmaceda frente al Estadio La Portada. Una casa de dos pisos que permanecía cerrada durante la mañana y por las tardes abría para que los adultos de mi barrio se reunieran a conversar y a beber en una mezcla que confundía a profesionales, gente de empleos modestos, mineros, campesinos, albañiles, pescadores e incluso estibadores que venían desde el puerto.

No sé a los otros, pero a mí mis padres no tuvieron que decirme que ese lugar había que evitarlo, porque se daban cuenta de que yo lo intuía. No sé tampoco qué pasaba por la cabeza de mis amigos, pero lo cierto es que nos manteníamos alejados, aunque reconozco que siempre sentí sobre ese lugar alguna forma de atracción no descriptible que afectaba también a los del resto del grupo. Tal vez por eso empezamos de a poco a dar hasta allá pasos cada vez más cercanos. Ayudó el que ahí, donde se suponía que nada debía haber que atrajera a los niños, por decisión de alguien a quien no entiendo, empezaron a vender, quizá para que los clientes llevaran regalos a sus hijos, ciertos sobres de una colección llamada “Mundicrom” en los que, a manera de sorpresa, venían láminas con imágenes de los jugadores de fútbol que habían hecho suceso en el mundial del cincuenta y ocho en Suecia, ése donde se dio a conocer el gran Pelé.

Una de las veces en que nos atrevimos a entrar nos encontramos a boca de jarro con don Nibaldo cuyo apellido me reservo, vecino nuestro de dos cuadras más allá que bajaba las escaleras acompañado de Maritza, hija de la dueña: cabello rubio, labios muy rojos. Se veía contento el hombre, contento y ebrio, y así ebrio, trató de que no lo reconociéramos, pero tras rendirse a la realidad de lo habíamos visto in fraganti, nos acarició la cabeza y, al enterarse de que estábamos ahí para comprar de los mentados sobres con jugadores, volviendo él tal vez a alguna etapa olvidada de su infancia, le pidió entusiasmado a la propia Maritza que nos diera a cuenta suya veinte sobres para cada uno. No fue eso todo: "sírveles cerveza, porque ya son mocosos grandes", así le dijo y nosotros agradecimos algo sorprendidos, pero no íbamos a regodearnos. Arrinconados, entre temerosos y felices, tras abrir los sobres y descubrir los jugadores que la suerte nos había regalado, nos dispusimos a beber de esa cerveza que sabía amarga pero que esperábamos nos ayudara a convertirnos en los hombres grandes que deseábamos ser.

Y ahí estábamos, jugando a ser grandes en ese rincón de bar de provincia en un momento que Maritza, deseando colaborar tal vez con ese deseo nuestro de crecimiento rápido, se nos acercó y tras bajarse el cierre del vestido, se lo abrió diciéndonos “¿les gusta chiquillos?”. Fue apenas una visión fugaz que la muchacha nos regaló sin que tuviera motivos para hacerlo y sin que nosotros nada le hubiéramos pedido. Hablo de una visión fugaz, cierto, pero que sin embargo fue suficiente para que, con doce años, convirtiéramos a Maritza en la heroína de esas noches de insomnio coronadas por quién sabe cuántas auto satisfacciones.

Cuando cumplí quince, entré al bar con el conejo y el tavo, venían también con nosotros los Araya, el chato y el coqui y otros cuyos nombres no recuerdo. Pedimos cerveza con toda propiedad y también un juego de dominó, tal como lo hacían los grandes verdaderos. Un rato después, cuando hube juntado algo de valor, me levanté al pasillo a preguntarle a Maritza cuánto costaba subir con ella al segundo piso. No necesito un esfuerzo para recordarlo: los que estaban en el bar esa noche brindaban por el triunfo de nuestro club local frente a Colo-Colo, la felicidad reinaba por todos los rincones. La gente bebía y cantaba. Recuerdo incluso la canción que borrachos repetían una y otra vez, era ese vals que dice “voy a regar con mis lágrimas”, el que siempre se cantaba en La Serena cuando surgía alguna situación que llamara a la alegría.

Y como todos cantaban, Maritza me debió prácticamente gritar su respuesta: una cifra que yo jamás podría pagarle. Pero ella que se dio cuenta de eso, se me ocurre que pude producirle alguna forma de compasión, porque tras unos minutos se me acercó para susurrarme al oído: “cuando el choche se tome un descanso, tú subes al segundo”. El choche era su hermano mayor y era también el que hacía una seña para que Maritza subiera con alguno de esos clientes, con seguridad hoy, en su mayoría bajo tierra, pero que esa vez cantaban y bebían, considerando que más tarde muchos abandonarían esa risa fácil para cambiarla por la pena y por el llanto.

No pasaron diez minutos. El choche salió de la barra y vi que entonces Maritza se perdía por el recodo de la escalera. Tímidamente puso también este pájaro pardo un pie en el primer escalón para adentrarse en la atmósfera sórdida del segundo piso. La madre de Maritza, a cargo de la caja, quiso detenerme, pero esa hija suya deseable, se devolvió para decirle “es el hijo del profesor”. La mujer mayor me sonrió y nada dijo, y yo, sin más interrupciones di mi primer vuelo hasta ese piso segundo que era así oscuro y sórdido, tal como yo lo soñaba en esas noches de mis desgastes.

Arriba su hija desabrochó mis pantalones tras besarme, y yo, después de sentirlo en la humedad de su boca, la penetré torpemente y tuve un placer que duraría acaso un minuto. Maritza sonrió e hizo para mí una curiosa escena en que me reconoció con sus labios hasta tomarlo en su boca y conducirme entonces la mano para que le diera el placer que a ella le correspondía. Hago notar que la escena descrita había sido representada en mis sueños unas tres mil ochocientas veces.

Bajé al bar y pedí otra cerveza. La gente continuaba ajena en su canto y en sus risas y el choche hacía señas para que su hermana subiera con alguno que sí podía pagar la tarifa. Si saco bien las cuentas creo que ésa, mientras la veía subir con los otros, fue la primera vez que sentí dolor en el pecho y me convencí de que eso, de que el corazón a veces duele, era algo verdaderamente cierto.

Salí de allí. Tengo que confesar que a pesar de todo lo bueno y lo extraordinario, me iba con un gusto amargo, o tal vez más que ese gusto amargo, con un nudo en la garganta que había comenzado a ahorcarme. Quizá por eso, cuando al cruzar la puerta para salir su madre me dijo a modo de despedida “venga lindo cuando quiera”. Nada le pude contestar, sólo un gesto que más que sonrisa fue apenas un plomizo rictus.

Volví varias veces al segundo piso del bar, y pasé a ser celebridad entre esos muchachos que como yo luchaban por convertirse en mayores, no obstante, pasaron cosas de las que no me nace dar detalles, aunque la más importante fue que mi padre nos llevó a vivir al otro extremo de la ciudad y yo, junto a conocer a otras personas y con ellas otros bares que si bien tenían rostros de mayor decencia, no por eso no tenían segundos pisos.

Me fui olvidando así de ese lugar donde probé el alcohol siendo niño y donde concreté también mis primeros sueños de muchacho. No vayan a creer sin embargo, que por eso me olvidé de Maritza, nada de eso, o al menos no del todo. Es que entre esas personas recién conocidas había mujeres bellas y cómo no preferirlas. Mis visitas al bar se fueron raleando y se distanciaron más y más hasta que llegó ese año maldito en que los gorilas tomaron el poder y tras la lucha fuimos derrotados. La historia que vino es conocida, los que sobrevivimos nos alejamos en exilios internos y externos. En mi caso, tras veinte años volví a La Serena y que visitara el barrio de mi niñez fue inevitable. El bar estaba ahí todavía y conservaba esa misma atmósfera de sordidez y misterio que hechizaba. Entré titubeante y tuve la misma sensación de aquella cuando iba hasta allá a comprar estampas de jugadores que apostábamos al trompo o a las bolitas y pegábamos también en álbumes que nunca completábamos y que jamás por eso ganamos los premios que la publicidad Mundicrom decía que obtenríamos. Claro que en esta oportunidad los sobres con jugadores no me interesaban, así que pisé firme, ocupé la mejor mesa y pedí una copa de vino. Me la sirvió una mujer joven de labios muy rojos y cabellos rubios que no se garantizaban. Tras unos minutos apareció una mujer mayor que bien podría haber sido la madre de Maritza, ésa que me invitara con su hija para cuando yo quisiera. Pero no, yo sabía que no era, y si me acerqué fue porque, aunque poco de su belleza quedaba, reconocí a Maritza, heroína de esas fantasías en que yo me daba vueltas simulando ser un hombre grande verdadero.

Y esta nueva Maritza tan distinta, tal vez se equivocó al interpretar la mirada con que me vio examinar a ésa que servía a las mesas. Lo digo porque en vez de saludar o de preguntarme qué se me ofrecía, sólo me advirtió que si deseaba subir al segundo piso con su hija tendría que pagar cuarenta y cinco mil pesos. “Eso le dará además derecho a una botella de pisco y a cuatro cocacolas”, así me dijo, y continuó escribiendo algo en un cuaderno desmañado. Al parecer estaba sacando cuentas.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“El segundo piso del bar", fue publicado por primera vez en el libro "Elogio del Bar: bares y poetas de Chile" (Gonzalo Contreras, Santiago: Etnika, 2014).


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