El amor, tigre de dos cabezas

“El imperialismo es un tigre de papel”. Mao-Tse-Tung

Créanlo ustedes o no, alguna vez yo también fui chino, jus solis, jus sanguinis. No es para burlarse, hablo de un chino verdadero, nacido en oriente, ojos rasgados, piel amarillenta, ni siquiera parecido a ésos de ahora, “ataiwanados”, productores de baratijas electrónicas. Y no crean que fui tampoco estrella de artes marciales... para nada. El chino que yo fui, era sobrio y austero, y era también milenario. Chinos sufridos que vivíamos con lo mínimo, chinos patriotas, pioneros, que así éramos y así nos comportábamos porque era cómo lo aconsejaba el gran maestro en ese Libro Rojo preciado que todos llevábamos en nuestra mano derecha para revisar lo que decía ante cualesquiera de las disyuntivas a que nos enfrentaba esa vida de privaciones, pero no por eso menos feliz que la que se llevaba lejos allá en los países de occidente.

Chino entonces: chino de Mao, eso fui, y ahí iba con mi uniforme verde oliva de cuello subido, biblia roja en mano. Camino junto a Chang, compañero estudiante, camarada chino como yo. Nos acompaña un hombre mayor, chino también, chino de Mao como mi amigo y como yo de Libro Rojo en mano derecha saludando con una venia respetuosa a todas las personas que se nos cruzan por la acera quienes eran todos como nosotros, chinos respetuosos de las normas y reglamentos tanto de aquellos escritos como aquellos consuetudinarios como ése de venerar a los mayores porque es así como corresponde. Por esta razón caminábamos yo y mi amigo Chang silenciosos a un paso más atrás que el hombre mayor, o más bien, que el chino de Mao mayor, esto porque tiene más años en el cuerpo y le debíamos respeto. Lo respetábamos tanto como a Mao, nuestro maestro; o quizá no tanto, pero lo respetábamos era un hecho, por eso caminábamos un paso atrás del suyo que caminaba delante sonriéndole a las personas, chinos de Mao también que le devolvían el saludo de manera respetuosa.

Y llegamos donde íbamos, hablo de una casa con techo de paja que en nada se diferenciaba de las otras ante las cuales habíamos pasado en nuestra caminata tras el chino de Mao, quien, como venerable que era, se detuvo frente al umbral y esperó que nosotros acortáramos ese paso atrás que llevábamos, y así, cuando estuvimos juntos los tres ante la puerta robusta, nos hizo una venia respetuosa y venerable indicándonos que debíamos golpear con el puño. Eso hicimos con ese amigo mío, chino de Mao de Libro Rojo bajo el brazo con quien dimos sendos golpes con los nudillos.

Confieso que a pesar de que siempre fui un buen revolucionario nunca creí que en realidad el imperialismo fuera como decía en la Biblia Roja un tigre de papel; y así como eso, no estaba tampoco seguro de que al tigre, para cabalgar sobre él, había que mirarlo de manera indiferente; pero así lo decía en su página 349 el Libro Rojo, además por respeto, jamás me habría atrevido a contradecir algo como eso, mucho menos ahora que estaba a punto de abrirse la puerta de esa casa a la cual veníamos y que no tenía la menor idea de qué habría en ella ni qué se pretendía qué hiciera yo allí.

La puerta emitió un crujido milenario. Apareció en su vano una mujer venerable, acaso la mujer del hombre venerable al que acompañábamos, acaso su concubina, acaso su maestra. La venia de saludo con que nos hizo pasar fue también venerable, y nosotros cruzamos la puerta respetuosos detrás del chino mayor que tal vez conocedor de ese hogar milenario, dobló a la derecha para entrar a un salón, milenario también, donde a pesar de la austeridad que podía olerse y palparse, había un sillón de buena madera tapizado en rica felpa roja. El chino mayor tomó asiento en ese sitial que pudo parecer extemporáneo en ese lugar austero, pero la verdad es que no; no lo parecía, además a él se le veía cómodo ahí, y porque se sentía cómodo seguramente golpeó sus palmas y aparecieron dos mozas chinas vestidas en trajes sin mucha ostentación pero atractivos, lo cual no era simple de explicarse, porque ambas chinas muchachas poseían claramente la aureola de austeridad de las mujeres de la revolución y éstas no suelen vestirse con trajes que puedan mostrarlas destacadas, o menos aún atractivas sexualmente: las mujeres chinas de la revolución siguen fielmente las enseñanzas de nuestro maestro quien les sugiere de manera encarecida sobriedad y usan por ello trajes como el que vestimos Chang y yo, y como el que viste también el mayor, pantalón y casaca de cuello subido de color verde oliva ornado con las estrellas rojas que cada uno ha obtenido por comportarse como revolucionario consecuente. El chino mayor llevaba unas cuantas de ésas, mi amigo Chang algunas menos. Quise saber cuántas llevaba yo y me miré de reojo para percatarme de que llevaba un buen número. No sé si más o menos que Chang porque eso era algo que no me parecía importante. Pero sí lo era porque al momento de ofrecer a las jóvenes, la china mayor que se había convertido en nuestra anfitriona, contó en voz baja las de él y las mías, y, tal parece que las de él eran más porque puso delante suyo a las jóvenes y, con una venia atenta, le hizo ver que podía escoger a una. Mi amigo enrojeció y contestó moviendo la cabeza tal vez como un revolucionario consecuente, aunque contrario a lo que yo entiendo como revolucionario consecuente, el mayor le dio una mirada de mucha fuerza con la cual sobraban palabras. Mi amigo chino de Mao de biblia roja en mano derecha debía escoger a una de ellas y claramente la otra sería para mí que tenía menos estrellas rojas por menos acciones de maestría donde se probaba el valor de la revolución cultural y las virtudes de nuestro líder, el maestro Mao-Tse-Tung. Sería mi deber esmerarme en hacer más por mi maestro y por mi pueblo, acababa de entenderlo. Por lo pronto, la china que me correspondió, me hizo una pequeña reverencia indicando que estaba lista para mí, y a mí no me costó entender para qué. De hecho mi compañero había desaparecido por el pasillo con la escogida por él, por su parte el chino mayor reía sentado en el sillón rojo mientras la chinita mayor y milenaria, presumiblemente le hacía cosquillas. Digo “presumiblemente”, ya que el sillón rojo había quedado de espaldas a mí, y por su respaldo alto no se podía ver qué le hacía exacto la china. Aclaro, sin embargo que independiente de la caricia o la cosquilla que la señora brindaba a mi mayor y de la risa moderada de éste, el chino mayor no perdía su actitud venerable que a mí me había impresionado tanto.

Y seguí a la china joven por el pasillo un paso más atrás, pero esta vez ese paso más atrás no era por respeto, la chinita era claramente bella, pero no era éste un valor importante para la Revolución, para el caso, la edad era mil veces más considerada y yo era mayor, por lo tanto más importante, aunque no lo fuera sino por dos o tres años. Por otra parte, a pesar de que la Revolución Cultural no lo admitía, era persistente como vicio pequeño burgués heredado del capitalismo y del imperialismo, y de los colonialismos francés, inglés, belga, holandés y portugués el que la mujer fuera venerada por el hombre, y eso que no se debía dar, se daba, y se daba en esta ceremonia de premiación, porque eso era: éramos premiados por nuestro aporte a la Revolución Cultural, mi entendimiento ahora sí era cabal y debía ser un momento de mucha felicidad para nosotros; y si iba detrás de la china era por esa remanencia colonialista que se suponía deberíamos superar. Claro que eso no era importante ahora y feliz iba tras mi china, aunque al pasar por la habitación donde mi compañero unos minutos antes había ingresado con la suya, la puerta entreabierta me hizo enterarme de que ese premio obtenido seguramente en base a sacrificios y austeridad, no lo era para mi amigo que, sentado en la cama, permanecía con el rostro cubierto por las manos mientras su compañera lo observaba impertérrita. Yo quise saber, ayudar, no sé, pero entendí que ése no podía ser asunto mío y continué tras la chinita que por respeto se había detenido en aquel pasillo mientras yo reanudaba la marcha e ingresábamos a su habitación, donde yo tomé asiento en el único sillón que había, uno no tan elegante como aquel donde se sentara nuestro mayor, pero las caricias y cosquillas que la chinita empezó a brindarme eran equivalentes porque el placer que sentí me hizo sonreír como a él lo había visto que sonreía. Tuve una erección que la chinita premió con sus labios y su bella boca mientras con sus ojitos brillantes me permitía explorar bajo su blusa un montículo de color marfil que tenía la ternura de la seda unida a la tibieza que sólo posee el ensueño.

Y me fui. Fue grato. Me fui en su boca de diosa, y ella no me permitió retirarme buscando quizá algún nuevo intento, aunque mi intención era de buscar ese nuevo intento en su vientre. Fue cuando escuché desde la habitación contigua que mi compañero lloraba y no pude aguantarlo. Me levanté del sillón, así tal cual estaba. Me bastó ver la mirada de frustración de su china más la verga de Chang muerta ahí entre sus piernas para entenderlo todo. Puse mi mano sobre su hombro para calmarlo convencido de que en la Biblia Roja del maestro que mi amigo hojeaba mientras no lograba controlar sus sollozos, no iba a encontrar respuesta para la disyuntiva que por mala suerte la vida le había puesto justo el día de su premiación. Pero esa mano amiga que yo le ponía en su hombro no fue comprendida sino apartada con fiereza. Ahí me quedé frente a ellos sin saber qué hacer ni qué decir. Aunque la chinita de mi amigo sí sabía qué hacer o qué quería hacer. Me empujó de espaldas a la cama y tras premiarme algo con su boca me montó a horcajadas para galoparme en un trote corto pero acompasado que no tardó en transportarnos a los mismos infiernos.

Lo bueno de todo esto, además del placer dado y recibido, fue que mientras reposaba del buen amor, acunado por esa bella exponente de las mujeres de la Revolución Cultural China, pude percibir que mi amigo se sentía aliviado por ya no tener el peso de cumplir con algo que se suponía un premio para él, pero que en realidad no era sino un martirio. Lo malo fue que no duré mucho descansando con esa magnífica mujer ya que cuando ella empezaba a bajarse a prepararlo para una nueva oportunidad, ingresó al cuarto la chinita que era mi premio verdadero. Venía a rescatarme. Así que salí con ella de la habitación de mi compañero chino de Mao que se veía más tranquilo y ahora con su ropa verde oliva puesta.

Ya en el pasillo, de vuelta a nuestra habitación, escuché que desde la sala los mayores discutían. Quise devolverme a ver en qué podía cooperarles, pero esa chinita premio mío, tiró con fuerza de mi brazo para que siguiera con ella, y la seguí porque eso quería yo también, seguir con ella y concentrarme sólo en ella. Sin embargo fue imposible, la voz del chino mayor pronunciando mi nombre resonó por el pasillo y yo automáticamente hice ademán de devolverme, además para mi suerte, mi bella china milenaria entendió que yo debía acudir si mi superior me requería y nada hizo por detenerme.

El cuadro con que me encontré en la sala fue anonadante, el chino milenario yacía sentado en el sillón rojo, cigarro entre los labios, con sólo la parte de arriba de su uniforme puesta y nada para abajo. Bueno, yo tampoco llevaba puesta la parte de abajo de mi uniforme y ni siquiera llevaba mi chaqueta, pero es que a él además, sentado ahí y de brazos cruzados, se le veía muy molesto y, conservando una mirada indiferente no parecía querer hablar ni decir nada. Quizá lo último que probablemente había alcanzado a decir antes de entrar a ese estadio de silencio pudo ser aquello de pronunciar mi nombre. La mujer, por el contrario, hablaba palabras tras palabras y tantas que yo no podía entenderle ninguna de las que decía, hasta que tras un rato de esforzarme sí pude comprender: lo acusaba diciéndome que ese mayor que a mí me parecía venerable, no lo era y que no era sino un egoísta y que ella no estaba para trabajarle la verga con la boca dos veces, además que el amor, según el libro de Mao, era un tigre de dos cabezas, y que ella interpretaba eso como que una cabeza era la del chino y la otra la de ella misma, y si ambos eran cabezas de tigres tenían derecho a la igualdad, lo cual era un concepto revolucionario que si el mayor negaba, por muy venerable que fuera, no entendía la esencia de la revolución, y si no la preparaba a ella también, si no con la boca, que era lo que ella quería, que por lo menos lo hiciera con las manos, porque si no ella lo iba a denunciar como contra revolucionario.

La mujer enfatizaba esas ideas repitiendo una y mil veces que además ella no sólo era la otra cabeza del tigre sino una persona humana con derecho a gozar del amor, porque éste ya no era el tiempo de los mandarines.

-Yo se lo puedo hacer por él -le dije, entendiendo que quizá ése era el tipo de aporte que se me pedía como pionero para grandeza de nuestra revolución. La mujer no se demoró en aceptar y, semi acostada, entrecerró los ojos para sentir uno de mis dedos que comenzaba a introducirle. -Deben ser dos -dijo -pero no me penetres, busca algo ahí afuera y juega. -Así, afuera, juega, juega –agregó mientras atrapaba mi mano con la suya que se había humedecido y me enseñaba a hacerlo como a ella le gustaba que le hicieran. Era grato. No era el paraíso, cierto, pero no tampoco un martirio. Y como no lo era y ya sabía hacerlo como a ella le gustaba que se lo hicieran, entendí que la Revolución Cultural me pedía un aporte algo mayor y le regalé por eso mi boca para que continuara la tarea que habían empezado mis dedos.

La mujer estaba encantada, era obvio, pero como nada me decía de si le gustaba así o si no, quise mirarla por el rabillo del ojo acción que me bastó para entender la razón de su silencio: el chino venerable, sin perder su venerabilidad ni su orgullo, había abandonado su sitial rojo y con todo desparpajo se había subido a caballo por el cuello de la china para introducirle la verga en la boca, que ella dejaba entrar y salir acompasada a las caricias que yo le hacía tan camaradamente por debajo. Cómo podía hablarme entonces... Aclaro que esto era algo absolutamente nuevo para este militante y pionero de la Revolución China y, debido a la excitación que esta visión me produjo, no pude contener mi eyaculación que se produjo así, sin más, apenas rozando las piernas de la mujer gozadora. Eyaculé pero sentí que debía seguir por ellos, y por eso seguí en mi afán hasta que la mano de la mujer me empujó por la frente indicándome que ya no era necesario que continuara y que había sido un bello logro revolucionario. Me dieron las gracias ambos, la china y el chino, y me las dieron mientras me retiraba y los dejaba a ellos retozando abrazados de sonrisa amplia.

De vuelta en mi habitación mi chinita me esperaba ansiosa, o más que ansiosa. Me tendí junto a ella y juro que deseaba ser acariciado por ella pero de manera más sublime. No digo un amor platónico ni tampoco fraternal, ésas son desviaciones pequeño burguesas. Yo quería con todas mis ansias dormitar muy junto a ella y dormirme abrazado por ella, pero ya no deseaba de las caricias que ella insistía en darme, ésas ya no. O quizá sí, es decir, tal vez recibirlas como desde otra dimensión o como desde un sueño. Así las quería. Y me dormí. Soñé que una princesa oriental besaba completo mi cuerpo por todos sus recovecos para concentrarse al final en mi sexo que a pesar de todo lo dado y recibido se mantenía orgulloso y en ristre.

La mañana explotó violenta, y sin saber cómo, ahí estaba de uniforme y en posición firme en el salón principal, aquél del magnífico sillón rojo. Junto a mí estaba mi querido compañero Chang con su Libro Rojo y su rostro sombrío por la amargura de que lo supieran impotente. Un paso más adelante estaba el chino mayor, sonriente como correspondía según su jerarquía y el derecho reconocido como tal por el Libro Rojo del Maestro Mao. No sabía cómo era que había logrado vestirme y todo eso, y cómo era que había logrado llegar hasta esa formación, pero sí me di cuenta de inmediato: estábamos en la ceremonia principal donde iban a hacer efectivos nuestros premios, y si tuve alguna duda al respecto, ésta se despejó totalmente cuando las tres damas chinas aparecieron ricamente vestidas, portando una bandeja de plata donde relucían las medallas al mérito con que nos distinguirían. Y así fue. Al mayor la mujer anfitriona se acercó con una venia respetuosa y le puso su medalla reluciente con el busto del Maestro Mao en relieve. Lo propio hizo la muchacha que había correspondido a Chang, mi amigo impotente que es posible que creyera que no habría distinción para él. Pero la hubo, bien por él, bien por la revolución. Y venía yo, pero yo… no, para mí no. No, yo no tenía distinción. Mi muchacha se negaba premiarme y no me dedicaba siquiera una mirada y, cuando sus compañeras se retiraron por el pasillo, ella caminó indiferente tras ellas y a mí esto no me parecía justo ni correcto pero nada podía decir tampoco por discreción, por respeto. Me quedé ahí en posición firme y conteniéndome con la idea de que si decía algo aquello se podía tomar como una actitud de soberbia, otra desviación pequeño burguesa, o aún peor: como un acto contrarrevolucionario. Hasta podría quizá considerarse que yo pudiera ser portador de aquello terrible llamado “izquierdismo”, la enfermedad infantil del comunismo. Y soporté, no sé cómo fue que soporté, pero lo conseguí a pesar de la sangre hirviendo. Unas horas más tarde en el tren de vuelta -en realidad nunca supe desde dónde volvíamos porque nunca pude enterarme de dónde habíamos estado ni tampoco a dónde nos dirigíamos ahora- el anciano probó ser además un hombre noble y agradecido: “reitero mis agradecimientos por lo que hizo usted por mí y por esa mujer tan difícil de manejar”. Mi compañero chino de Mao impotente, por ser de jerarquía menor que la del mayor, me agradeció en segundo término, “nunca podré terminar de pagarle lo que hizo por mí” –los chinos, por respeto, no nos tuteamos aunque tengamos la misma jerarquía-.

Fue entonces cuando el chino mayor probó que no sólo era venerable sino también un soldado de la revolución en extremo comprensivo. “Abra la página 455”, me dijo, aunque pudo ser la 545, o la 445, o la 554 u otra así parecida. El caso es que leí textual los caracteres chinos donde él me indicaba: “cuando los soldados de la revolución son premiados con sexo por bellas revolucionarias, éstas, a su vez, pueden decidir premiar al soldado que han designado como potencial premiado, tomando en cuenta la satisfacción entregada por éste a la muchacha premiadora. Se asegura así que los revolucionarios, hombres o mujeres, comprenden el concepto que implica la frase “el amor, tigre de dos cabezas’”. El párrafo tenía una nota que decía “cuando se habla de la satisfacción de la muchacha, debe entenderse la satisfacción individual de ésta y no la de terceras ni de cuartas. Además, cuando se habla de satisfacción individual, ésta no necesita haber sido proporcionada necesariamente por el revolucionario que está siendo premiado”.

“Usted se preocupó por nuestras mujeres pero descuidó a la suya”, me dijo. Y claro, desde ese punto de vista tenía toda la razón, la había descuidado y merecía quedarme sin medalla. Pero en realidad qué me importaba una medalla más o una menos con el busto de Mao, ya tenía casi doce cocidas en mi chaqueta. Cierto es que Chang tenía quince y el chino mayor unas treinta, pero para mí doce medallas eran suficientes e incluso más que suficientes. Fue cuando el chino mayor me sorprendió con su capacidad de percepción: sin que yo nada le hubiera dicho, adivinándome el pensamiento, replicó “debiera importarle”, y agregó, “quienes no son premiados por nuestras camaradas revolucionarias no merecen ser llamados revolucionarios, no merecen ser llamados ni siquiera chinos. Lo siento, creí que lo sabía”.

Maldito hipócrita y después de todo lo que había hecho yo por él, y Chang… maldito también, nada decía y en todo caso su mirada de respeto hacia su mayor denotaba la aprobación a lo que éste decía. Y el chino mayor, el más maldito de los malditos, prosiguió: “usted va a ser degradado ante la formación en pleno y su libro rojo le será requisado porque no merece llevarlo”.

No aguanté más, saqué mi voz ”esto es muy injusto, gracias a mí usted…” Fui interrumpido de manera enérgica: “nada que aparezca en el libro rojo de nuestro guía y Maestro Mao-Tse-Tung, puede ser considerado injusto”. Tras esto el maldito se sumió en un mutismo milenario en el cual lo acompañó también el servil Chang.

Y aquí estoy, créanlo o no, alguna vez fui un chino de los de Mao, sobrio y austero, ojos rasgados, piel amarillosa y aconsejado siempre por ese libro sabio cuyo original me arrebataron y que hoy en una copia pirata comprada en la vereda de una calle de Santiago, reviso para encontrar esa maldita página de mi deshonra, la 545, o la 445, la 676 o la que sea, por si hubiera algo, aunque fuera apenas un indicio que pueda explicarme cómo es que ya no soy el chino de Mao por jus solis y por jus sanguinis que fui. Y si no lo soy, entonces qué mierda queda para mí, y en qué mierda me convirtieron… No obstante para mi mala fortuna este Libro Rojo en el que busco y rebusco, a pesar de ser una copia pirata impresa en quién sabe cuál tugurio clandestino, está escrita en chino, como lo estaba aquella que fue mía y que era original.

Ha pasado tanto tiempo, y yo que ya no soy un chino, me gano la vida vendiendo “alollao plimavela” en el Puente Cal y Canto y nada entiendo de lo que aquí dice o no dice entre estas líneas impresas con caracteres indescifrables… si no será para locura… “el amor, tigre de dos cabezas”.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

VUELTA AL INICIO

“El amor, tigre de dos cabezas” fue premiado en el concurso Revista Paula 2005 y publicado después en la antología “La maleta de Úrsula”, Alfaguara, 2006.


Si desea conocer más detalles de lo que aquí exponemos, o participar en algún taller de creación o de cuentacuentos, envíe un mensaje a martinfaunesa@gmail.com

Creación, programación, redacción, diseño y soluciones de web : tranviaequivocado@gmail.com