ZOOGENARIA: TIEMPO DE FANTASMAS

“Era una mujer o tal vez hombre, o quizá mujer, u hombre” Julio Cortázar.
“No vamos a perder tiempo hablando de gente que es, pero no es, aunque haya podido ser que fuera, pero tampoco es”.
DINACOS, 1978.
Para Juan Enrique L., quién sabe a qué lugares oscuros llevó a pasear su primoriosidad y su compostura perfecta.

Nadie podría decir que yo no haya sido un buen estudiante, es más, sumando y restando sostengo que no sólo fui bueno sino excelente, una situación que se mantuvo por muchos años, aunque por desgracia no alcancé a darme cuenta de cuando todo se empezó a ir por la pendiente. Empecé faltando a clases como la de religión y moral porque el cura Herrera me parecía un desastre, y también a la de artes plásticas porque a lo que ahí nos enseñaban no le veía utilidad. Dejé de asistir después a ciertas asignaturas que me parecían innecesarias como gimnasia, trabajos manuales, y además, bajo diversos argumentos, me fui ausentando de otras y otras, y ya de casi todas, y en las pocas que asistía no tomaba apuntes ni escribía lo que nos dictaban. Mis cuadernos se quedaron en blanco o con largos episodios de hojas vacías. Sin embargo nunca perdí la esperanza de poner mis cuadernos al día en alguna vez hipotética que en el fondo sabía perfectamente que no ocurriría. Esta la intención, eso sí, pondría al día lo que nos dictaba un teniente que venía del regimiento a enseñarnos en educación cívica cuestiones tan importantes como la forma correcta de izar la bandera, esto es, con la estrella hacia algún lado que ya no recuerdo pero que tampoco me interesa recordarlo.
De más está decir, mis cuadernos nunca volvieron a estar completos, en vez de eso deambulé, fantasma adolescente, incapaz de entender un atisbo de lo que explicaban adelante. Me pregunto qué clase de pensamientos manejaría para entonces o cuál sería mi visión de la vida o mi proyecto para ésta si es que hubo alguno, pero ésas no son cosas para las que tenga respuesta. Pensaba en mujeres cierto. Mujeres que amaba con el pensamiento. Pensaba también en convertirme en andinista o en músico o aún en guerrillero, pero cómo si no tenía fuerzas ni ganas, cómo si no conseguía caminar siete pasos sin que quisiera echarme al pavimento. A pesar de eso por algún arte de magia lograba sacarme todavía algunos cuatros, no obstante iba a repetir de curso, era un hecho. Pero yo no era el único, estábamos todos condenados al fracaso en aquel liceo exclusivo para hombres. Es que no éramos sino un puñado de zombis o fantasmas por los quince o los catorce, todos sin energía y todos con el desgano que sentía yo mismo, ése que en algún tiempo había sido un estudiante destacado.
Todos, pero Juan Enrique no. Con él la cosa era diferente. Lo recuerdo con claridad: él no entraba en ese cuento. Me refiero a lo de malos estudiantes o a lo de fantasmas que la adolescencia había convertido en malos estudiantes. Juan Enrique continuaba atento en clases, bien peinado y cuidadosamente vestido, el único así entre todos. Muchacho respetuoso. Quizá a lo único que se atrevía y que no fuera propio era a contestar por mí en la lista para hacer como que yo estaba presente. Y si las razones que tendría para cometer esas transgresiones, para él horrorosas, no me quedaban claras entonces, ahora que han pasado años arrancándome recuerdos, aún no logro comprenderlas, o no del todo.
No me olvido de la mañana en que ese espectro semialado que era yo, en alguna de las pocas clases en que atinó a presentarse, el acaso lo llevó a ocupar el lugar junto a Juan Enrique y reparó así en el cuaderno de zoología suyo: más de cien páginas, tapas duras, ilustraciones y letra pareja escrita con buena tinta azul radiante. Fue así que dando vuelta por esas páginas perfectas, pasó ante mis ojos la materia de los primates, la de los felinos, la de los caninos y la de los cetáceos. Un cuaderno maravilloso que este zombi/fantasma observó desde su media altura con envidia que no disimuló. Es que cómo evitar la comparación de sus méritos con los míos: yo ni siquiera tenía cuaderno. Y lo quise remediar, claro que cuando se lo pedí para copiarlo me puso ojos de cierva asustada y, sin decirme que no directamente, me preguntó con esos mismos ojos para qué querría alguien como yo un cuaderno como el suyo. Contesté a su mirada con una explicación que venida de mí no tenía mucho peso y que él replicó esta vez a viva voz con esa particular manera de hablar suya que era más bien de muchacha o de muchacho o tal vez muchacha, o muchacho. Y tuve que entender así el temor de Juan Enrique: un fantasma adolescente como el que yo era solo podría olvidar y perder por ahí ese cuaderno excelente. Sin embargo eso no iba a ocurrir y se lo hice saber tan convincente como pude. Pese a eso él se atrevió a decirme que no varias veces hasta que accedió por fin, y yo tomé su cuaderno–tesoro ignorando a los otros fantasmas del curso que le advertían que irremediablemente se lo iba a perder. Eran voces de apoyo a Juan Enrique entre las que se destacaban incluso algunas de compañeros que solían burlarse de él por su timbre de voz ambiguo: ni de mujer ni de hombre.
Claro que a mí no me importó qué alegaran esos otros o qué no alegaran, no me importó tampoco que fuera o no la hora de salida. Salí con el cuaderno bajo el brazo a zancadas por una puerta lateral del liceo y antes de que pudieran detenerme, ya corría bajando por Cantournet hasta la escuela donde mi madre hacía clases. Ella, esperanzada, me dio dinero para un cuaderno de tapas gruesas como el de Juan Enrique y aún con más páginas: ciento cincuenta. Media hora más tarde me senté en el comedor de mi casa lápices en ristre. Fue cuando el cuaderno de Juan Enrique no me pareció tan completo. Bien escrito sí, ordenado también, pero yo había leído alguna vez, antes de convertirme en zombi/fantasma, que los primates del nuevo mundo no solo tenían cola como decía en el cuaderno de mi amigo, sino que ésta era prensil, como una quinta mano, y yo le quise agregar eso que no estaba en el cuaderno de mi amigo porque no lo habían dicho en clases. Pero no solo eso, le agregaría también que había animales en Madagascar llamados lémures, primates anteriores a los simios actuales y se llamaban por eso “pro-simios”. Y no pude dejar de agregarle tampoco que carnívoros anteriores a tigres y leones merodeaban en América del Sur, como el tigre diente de sable, y se enfrentaban a proboscidios prehistóricos como el mamut y el mastodonte. Es que, reitero, yo no siempre había sido un fantasma y de cuando no lo era conocía la enciclopedia con la que mi madre preparaba sus clases y quise agregar desde ésta que el hombre era también un primate evolucionado, pero primate al fin. Calqué por eso en el cuaderno la imagen de un cavernícola con una inscripción que decía “primate superior llamado hombre de cromagnón, antepasado del homo sapiens actual”. No me pareció suficiente. Corrí hasta la biblioteca de La Serena donde una mujer de ésas que entonces me parecían inalcanzables –en realidad por ese tiempo todas las mujeres me parecían inalcanzables– me perturbó con su voz que tenía esa sugerencia altiva y a la vez cálida que se percibe en el timbre de las damas distinguidas. Me preguntó qué necesitaba y después de que logré salir de mi anonadamiento y pude contestarle, esa dama distinguida que al parecer pasaba allí mucho tiempo sin lectores, buscó para mí los mejores textos ilustrados de ciencias naturales y así yo pude calcar en la primera página de mi cuaderno la imagen de una mujer y un hombre desnudos de la mano con un par de crías, los cuales iluminaron mi espacio de la materia sacada de la enciclopedia de mi madre y titulado por mí como: “Homo Sapiens, el animal viviente mejor evolucionado”.
Volví a la biblioteca por tres días seguidos o por cuatro o cinco más, ora porque deseaba ver otra vez y escuchar a esa dama, ora porque necesitaba enriquecer la materia que transcribía con detalles tan importantes como aquello del ganso que era de bandada y que solo copulaba con las hembras el macho dominante, no así el cisne que, a pesar de ser tan parecido a sus primos gansos, ellos son de a parejas, y de a parejas tan férreamente unidas que si moría el macho o la hembra, el que que quedaba viudo, permanecía así viudo para el siempre de los siempres. Y por los siglos de los siglos completé mi cuaderno con materia y más materia y, a pesar de que por las noches soñaba con que esa dama de la biblioteca me hablaba al oído con su voz sugerente, era un hecho que iba dejando de ser un zombi/fantasma, me daba cuenta. Dejaba de ser un fantasma, pero no se terminaba del todo mi negligencia: tal como habían vaticinado, olvidé por algún rincón el cuaderno-tesoro de Juan Enrique. Quizá fue porque ya no me impresionaba o pudo ser también porque me distraje en la ventana de alguna mujer que estuve espiando. El caso es que no volví a verlo y qué le iba a decir al dueño. No se le hacen cosas como ésas a los amigos, menos aún a las amigas, aunque estas amigas sean amigas tal vez amigos o quizá amigas. Juan Enrique rompió en llanto, lloró tal como habría llorado una muchacha y yo no sabía qué hacer. A mí me ha destrozado siempre el llanto de las muchachas y el llanto de ésta, provocado por mi culpa, me lanzó de golpe al pavimento.
Admito que no quería entregarle en compensación ese cuaderno escrito por mí. Cómo, si gracias a él mis pies empezaban otra vez a pisar suelo. Había presión para que lo hiciera, cierto, además la pena y el llanto de Juan Enrique tenían la misma fuerza que el de las muchachas y yo no era el único que lo sentía así, por eso los fantasmas de la clase le hacían ver mi poca lealtad. “Te lo advertimos”, le decían mientras a mí me observaban como al peor de sus enemigos. Pero yo, tras respirar profundo, aporté una salida que todos aceptaron: mi cuaderno sería mío hasta que la profesora, una señora voluminosa que nos dictaba la materia por las horas de las horas, lo revisara y me pusiera el doble siete que Juan Enrique, los fantasmas y yo mismo suponíamos merecía. Después de eso Juan Enrique pasaría a ser el dueño de mi cuaderno. Aclaro que Juan Enrique no necesitaba presentar cuadernos porque para eso él solo tenía sietes. Nos equivocábamos, nos equivocábamos todos: la maestra dictadora, en vez de decir “oh, qué cuaderno más bello y completo”, dijo:
“Esta materia no la he dictado y ésta otra tampoco... cómo iba a pasarla si 'El hombre' no se pasa en zoología sino en biología, además en este curso se dicta solo hasta las aves y aquí veo peces y reptiles... este cuaderno se lo habrá prestado algún alumno de otro colegio”.
No hubo quién la convenciera de que eso no era así. Es que ella no podía creerlo y era lógico, quién iba a creer que un espectro como yo podría emprender una tarea que resultara en el verdadero tratado que era mi cuaderno. El espacio que me correspondía en el libro de clases se destacó con dos unos en rojo y una anotación negativa. Maldita sea. Allá por los sesenta a nadie se le habría pasado por la mente acusar a una profesora de injusta, para eso éramos hombrecitos y debíamos aguantar esas injusticias así mismo como los hombres que éramos. Felizmente en la prueba global del final de trimestre sí obtuve el par de sietes que merecía. No podría haber sido de otro modo cuando yo no solo sabía todo sobre los mamíferos sino sabía también todo sobre las aves, los peces, los reptiles, los anfibios, los insectos, los arácnidos e incluso los crustáceos.
Fantástico: ahora sí un doble siete y los unos en rojo así como la anotación negativa fueron borrados por la dictadora que me miraba con un brillo de admiración mezclado de incredulidad. Dos sietes promediados con el dos y el tres que tenía de antes daban para más de un cuatro, por lo tanto yo había dejado de ser un fantasma. Juan Enrique sonrió cuando le pasé mi cuaderno pero se notaba en sus ojitos bailarines que sentía pena por mí porque me quedaría de manos cruzadas, aunque por supuesto, yo le di a entender que eso a mí estaba lejos de importarme y lo hice imitando un gesto convincente aprendido de Humphrey Bogart gracias a verlo en esas decenas de rotativas eternas del Cine Centenario por culpa de las cuales faltaba a las clases que no importaban pero también a las importantes. Así, entregué mi cuaderno a Juan Enrique pero un relámpago que en ese momento acertó a iluminarme, me obligó a pedírselo de nuevo, “solo hasta mañana para mostrárselo a la bibliotecaria que me ayudó a escribirlo”, le dije; y él, que se quedó mirándome confundido, aceptó resignado y sin reparos.
La bibliotecaria de la voz distinguida se puso muy contenta. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, y cómo iba a olvidarlo: esa dama distinguida e inalcanzable que pasaba sola la mayor parte del tiempo, revisó hoja por hoja mi cuaderno e ilustración por ilustración y, en ese hojear y en ese escuchar los trinos de su voz, se hizo tarde y me pidió que le ayudara a cerrar y a guardar los libros que no estaban en los anaqueles. Yo lógicamente le ayudé pero no porque fuera del tipo colaborador u ordenado, sino porque la voz de las damas distinguidas que tienen ese tono altanero obliga a atenderlas y a jamás negarles deseos. Por eso, cuando empujó mi cabeza bebí sumiso de sus senos y créanme que sumiso traspasé el contorno de su boca. Después, cuando su orquídea de rosado presentó para mí, sumiso la traspasé garúa tibia del deseo. Y todo eso atrás de esos estantes y anaqueles que muy pocos visitaban en La Serena. Con esa bibliotecaria convertí en reales mis fantasías y aprendí que las damas distinguidas no eran necesariamente inalcanzables.

A Juan Enrique recurrí cuando entendí que estábamos acorralados y ya no había más dónde golpear. Para entonces el que dictaba no era una dama voluminosa ni un teniente banderillero, nuestro dictador no era sino el más retrógrado de los primates. En realidad no busqué a Juan Enrique, no habría sabido dónde buscarlo. Lo encontré trabajando en una oficina bancaria de Santiago, y no fue casualidad: cuatro días sin contacto tras un tercer punto de encuentro fallido, supe que estábamos desconectados y tendríamos que asilarnos, no había otra opción. Entré a la Biblioteca Nacional para ocuparla de refugio y meditar tranquilo. Grande fue mi sorpresa al encontrar tras un mesón a la dama distinguida que me cautivara con su voz y me iniciara tan bellamente en ese camino que jamás aceptaré que llamen “del pecado”.
Me acerqué a ella que no había perdido su gracia ni su distinción, mucho menos su voz altiva y de armónicos sugerentes. “¿En qué lo puedo ayudar?”, quiso saber, mientras su voz me revolvía otra vez el estómago. Entonces me reconoció y tras un dudar quiso besarme, aunque logró reprimirse. Su beso terminó siendo apenas uno en la mejilla. “Necesito un lugar donde dormir”, le dije. Ella se echó hacia atrás y me respondió que ahora vivía con una pareja. Fui entonces más explicativo: “nos buscan”. No tuve necesidad de decir más. Ella me pidió que fuera donde su hijo que vivía en un departamento grande y que estaba segura de que se iba alegrar de verme y recibirme. “¿Cómo puede saber eso si ni siquiera conozco a su hijo?”, quise me dijera, pero ella se limitó a escribirme la dirección de una oficina bancaria que encontraría a unas pocas cuadras hacia el centro. Me dijo que se adelantaría avisándole a él por teléfono y que no me preocupara por buscarlo porque él iba a reconocerme.
“Ojalá sea así”, me dije y partí a pasos largos después de intentar besarla y que ella otra vez diera vuelta la mejilla. Pocos minutos después hacía ingreso a la citada oficina bancaria, pero a nadie vi que se acercara, sin embargo los ojos bailadores y felices de Juan Enrique divisé asomados entre una caja registradora y un cartel que decía “Money Exchange”. Supe entonces que era él quien me esperaba y él no tuvo necesidad de explicarme ni decir cosa alguna: su madre era la bibliotecaria de la voz distinguida, era obvio, pero yo no tenía cómo haberlo imaginado. Por esos años raramente los padres visitaban los colegios, a menos que sus pupilos tuvieran mala conducta y ese nunca fue el caso de Juan Enrique, además, que yo supiera ninguno de nosotros fue nunca de visita a la casa de Juan Enrique.
“Te hacía estudiando ingeniería forestal en Valdivia”, le dije a modo de saludo, pero sobre todo para ocultar la sorpresa que me causaba el verlo y saber quién era su madre. Y sentía culpa. En realidad no tenía por qué sentir culpa, pero no podía evitar sentirla: había sido el amante de su madre. No todos los días uno se encuentra con que se ha amado con la madre de uno de sus compañeros de liceo. Si lo sabría él, me preguntaba, pero nada de eso iba a mencionar. De todos modos Juan Enrique empezó a contarme precipitadamente cuestiones confusas sobre un alemán del sur, empresario maderero, hombre casado, de quien había tenido que alejarse por sanidad mental o cosas así dichas por lo demás como disculpas bastante femeninas, y tuve que interrumpirlo, es que era preciso explicarle que aunque ya yo no era un adolescente estaba otra vez sumido en tiempos de fantasmas y que estos tiempos de fantasmas nuevos nos obligaban a vidas de escondrijos y corríamos el riesgo de convertirnos en gente que es, pero no es, aunque haya podido ser que fuera, pero tampoco es. Le tuve que contar también que el sitio donde tendría que pasar la noche, sospechábamos, lo tenían vigilado. Le pedí entonces el favor de que me alojara en su casa, aunque me daba perfecta cuenta de que su madre ya se lo había pedido por mí por el teléfono y que él ya había aceptado. En todo caso se lo quise justificar de la mejor forma que pude:
“Mañana van a abrirnos la puerta de una embajada, pero de nada serviría si nos caen encima antes del amanecer”. Le hice ver también que no estábamos orgullosos de asilarnos pero que ya no teníamos salida. Juan Enrique solo acotó “son más de uno entonces”. Le contesté que sí, que éramos todos los que habíamos sobrevivido: “Emiliano, mi compañera, y el niño que estamos esperando”.
Juan Enrique me dio su dirección en una esquela que escribió de manera tan cuidadosa como aquel cuaderno suyo, mientras me pedía que llegáramos antes de las nueve. Es que después de las nueve en el otoño del setenta y cinco resultaba todo demasiado peligroso. Salimos por eso antes de las seis, nos fuimos por caminos separados y fijándonos si nos seguían. Debimos esperar con Emiliano a que mi compañera llegara y cuando ella por fin apareció la dejamos tocando el timbre del departamento y nosotros saltamos la pandereta por la parte de atrás a un colegio de monjas, desde donde pasamos a la calle para revisar por elementos sospechosos. No los había. Volvimos sintiéndonos más seguros. Juan Enrique nos esperaba con una cena espléndida preparada por su compañero, no el alemán de Valdivia, por supuesto, sino un tipo cálido que, como mi amigo, bien podía ser que fuera hombre o mujer o tal vez hombre.
A la mañana siguiente partimos en un viejo pero bien mantenido auto Renault de que eran dueños, tendríamos que ir por un trayecto que no sería fácil ni sencillo. Conseguí por eso que Emiliano fuera al volante, chofer experto, pero no logré ir yo de copiloto. El lugar lo exigió Juan Enrique, por ello el asiento tras el conductor le correspondió a su compañero que pasaría a manejar cuando nosotros nos bajáramos. A mi compañera la pusimos al medio, y yo quedé a la derecha detrás de Juan Enrique. La única arma de que disponíamos, una Stayer a mi cargo, la portaría yo mismo y todos confiaron en mi sabiduría para usarla si fuera necesario, aunque secretamente eso era algo en que yo no confiaba en lo más mínimo.
Y ahí íbamos, pájaros pardos de madrugada acaso escapando de las rapiñas. Se nos cruzaron al menos dos patrullas. Con la tercera empezaron los problemas: dieron vuelta y arrancaron tras nosotros. Al medio segundo ya sabíamos que de poco iba a servir la pericia de nuestro conductor. Qué se puede hacer si los perseguidores vienen en una camioneta nueva. Se detuvo Emiliano y bajaron dos tipos con cascos y fusiles a preguntarnos a dónde se suponía que íbamos a las seis y media de la mañana. Emiliano les contestó de la manera más cortés que pudo que llevábamos a su amiga a la maternidad, eso estuvo bien, y que a las seis y media de la mañana ya no había toque de queda, eso estuvo mal. El tipo rugió:
“Te pregunté pa’ónde vai y no a qué hora termina el toque’e’quea”. Apreté la Stayer bajo la manta tratando de parecer el sabio sereno en que todos confiaban, pero no lo era, o sí lo era, o lo sería.
Para esa eventualidad teníamos un plan con Emiliano y si yo lo iba a cumplir no tenía por qué creer que él no. Se trataba de tomarlos por sorpresa: bajaría por mi lado, el derecho, él arrancaría el Renault y mi mujer se echaría al piso y les gritaría a Juan Enrique y a su compañero que hicieran lo mismo, no los habíamos advertido de esto antes para no preocuparlos. Los soldados concentrarían el fuego en el vehículo que escapaba y yo los atacaría por el flanco. Mi primer objetivo serían las ruedas y el chofer para que no pudieran perseguirlos. El segundo, los soldados en tierra. Por eso, cuando el tipo gruñó a Emiliano aquello de no haberle preguntado por el toque de queda, quité seguro y pasé bala.
Era mi turno entonces, me correspondía salir, no obstante la voz de Juan Enrique al hombre asomado por la ventana me hizo detenerme:
“No sea payaso, déjenos seguir, ¿no se da cuenta de que la niña está con contracciones...?”. Eso le dijo, o eso se atrevió a decirle, y la voz de Juan Enrique sonó como la de las damas distinguidas, o aún más distinguida que la de las propias damas distinguidas. Y a las damas distinguidas no se les niegan los deseos así que el hombre echó atrás la cabeza y Emiliano arrancó el auto. Cinco minutos más tarde nos deteníamos frente a la embajada y evacuábamos según el plan para que el compañero de Juan Enrique tomara el volante. Y así lo hicimos, evacuamos y ahí quedó la pistola, en el asiento posterior, pero eso ya era secundario. Ellos sabrían qué hacer con ella.
Importante es que diga que entre esa despedida tan rápida, Juan Enrique me pasó un paquete desde donde después saqué mi antiguo pero no olvidado cuaderno de zoología con sus mismas tapas gruesas y mi letra torpe de fantasma. En un rincón de su primera página decía del puño primoroso de mi antiguo compañero: “un regalo del chico Ramiro para su amigo Juan Enrique”. Lo decía como escrito y dedicado por mí, aunque en realidad lo hubiera escrito él para dedicárselo a él mismo y eso fuera algo más que evidente. Lógico, si hasta estaba escrito con su tinta azul radiante de lapicero fino. Aclaro que a mí por entonces me decían justamente “el chico Ramiro”, y ese “entonces” se notaba apenas en una fecha, también del puño y letra de mi amigo, que indicaba noviembre de algún año lejano que ya casi no se distinguía, pero que era de seguro alguno de aquellos míos de fantasma, entre mil novecientos sesenta tres y mil novecientos sesenta y cuatro.

Seis o siete años después volví porque era lo que correspondía. Volví a jugármela con otros que retornaron también y con otros que todavía nos esperaban aquí en la batalla. Volvía a jugármela y quise ver a Juan Enrique que se las había jugado conmigo y con mi gente en aquel otoño ya lejano. Pero mi querido compañero no estaba. Le llevaba de vuelta el cuaderno de zoología como una manera de decirle “mira soy yo, aquí estamos otra vez”, y algo así le había escrito a modo de dedicatoria junto a esa otra que él mismo se escribiera. En vez de Juan Enrique la puerta la abrió su compañero o lo que quedaba de su compañero: magro y de ojos hundidos, aquel ex tipo cálido me contó sollozando que cuando el flagelo que diezmaba a su mundo de hombres, mujeres o tal vez hombres, los había atrapado en su contagio, Juan Enrique no había aceptado convertirse en el espectro que su compañero ahora era.
–Prefirió abrirse la cabeza, ocupó la misma pistola que usted nos dejara –así me dijo y después de una pausa agregó –pero lo hizo mejor que este muerto en vida que soy yo, y que cuando esta peste maldita me asesine voy a caer recordándolo como el bello ser que era, porque sépalo bien Ramiro, mi Juan Enrique era casi como un dios.
Nos despedimos con un abrazo interminable. El cuaderno de zoología se lo dejé para él, quedó envuelto sobre su mesa pero nada le dije al respecto, ya lo descubriría por sí mismo después. Salí a la calle cabizbajo y cabizbajo caminé por treinta cuadras enfundado en mi abrigo amarillento. Cuando ya no me quedaron más piedras que patear y ya no quise seguir indagando en si había sido o no un mal estudiante, terminé alegrándome de que le hubiéramos puesto al chiquillo que entonces esperábamos el bonito nombre de ese amigo o amiga entrañable que se llamaba así nomás: Juan Enrique. Aunque hoy como epitafio de los fantasmas sobrevivientes nombro a ese amigo querido como “el hombre o mujer, o tal vez hombre más importante que mantengo en el recuerdo”.

MARTÍN FAUNES AMIGO © Derechos Reservados, 2016.

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“Zoogenaria: Tiempo de fantasmas”, fue publicado en Un lápiz de pasta marca Bic y otras aventuras subterráneas, M.Faunes, Editorial Cuarto Propio, 2013.


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